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Escatolocura: Cuando cualquier guerra parece anunciar el fin del mundo

 

Escatolocura

Cuando cualquier guerra parece anunciar el fin del mundo

Hay enfermedades que no aparecen en los manuales de medicina porque no afectan al cuerpo, sino a la manera de mirar la realidad. No provocan fiebre, ni dejan cicatrices visibles, ni pueden detectarse mediante una resonancia magnética. Sin embargo, alteran profundamente la forma de pensar de quien las padece. Una de ellas —si se me permite el neologismo— podría llamarse escatolocura.

No me refiero, por supuesto, al estudio serio de la escatología. La esperanza en el regreso de Cristo forma parte esencial de la fe cristiana y ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes. Hablo de otra cosa. Hablo de esa obsesión que convierte cualquier acontecimiento internacional en una supuesta confirmación del fin del mundo; de esa necesidad casi compulsiva de encontrar en cada guerra, cada terremoto, cada eclipse o cada crisis económica una nueva prueba de que el Apocalipsis acaba de comenzar. Todos hemos conocido a alguien así.

Estalla un conflicto en Oriente Medio y, antes de que los analistas internacionales hayan logrado explicar sus causas, ya circulan decenas de vídeos asegurando que Ezequiel 38 acaba de cumplirse. Un nuevo líder político alcanza notoriedad mundial y, en cuestión de horas, aparece señalado como el posible Anticristo. Surge una epidemia, un avance tecnológico o un acuerdo diplomático y, casi automáticamente, alguien encuentra un versículo bíblico que, supuestamente, lo había anunciado hace dos mil años.

La velocidad con la que se producen estas interpretaciones resulta llamativa. Pero todavía resulta más sorprendente comprobar que el mismo mecanismo lleva funcionando generación tras generación.¹ Cambian los protagonistas, cambian las guerras, cambian los nombres de las naciones, pero el esquema permanece idéntico. Lo que ayer parecía una certeza absoluta hoy apenas se recuerda, sustituido por una nueva teoría que promete explicar definitivamente el curso de la historia.

Basta con echar la vista atrás para comprobarlo. Hubo quienes identificaron a Napoleón con el Anticristo. Otros hicieron lo mismo con el káiser Guillermo II, con Hitler, con Stalin, con Mussolini, con Gorbachov, con Saddam Hussein, con la Unión Europea, con la ONU, con distintos papas, con Barack Obama, con Vladimir Putin e incluso con tecnologías como los códigos de barras, los microchips o las vacunas (ahora es la IA...). Cada generación ha tenido su propio candidato y cada generación ha estado convencida de vivir los acontecimientos finales.²

Y, sin embargo, hay una pregunta que rara vez se formula desde los púlpitos:

¿Qué ocurre cuando todas esas interpretaciones fracasan?

Lo lógico sería pensar que el fracaso de una predicción conduce a revisar el sistema que la produjo. Eso sucede en cualquier disciplina seria. Si una teoría científica no explica adecuadamente los hechos, se corrige o se abandona. Si un modelo económico demuestra ser ineficaz, se replantea. Pero en determinados ambientes religiosos sucede algo muy distinto. Cuando una interpretación profética no se cumple, el problema nunca parece estar en la interpretación. Siempre aparece una nueva explicación que permite conservar intacto el sistema. Se cambian las fechas. Se cambian los protagonistas. Se cambian los escenarios. Pero casi nunca se cambia el método.

Y quizá esa sea una de las señales más claras de que nos encontramos ante un fenómeno que merece ser examinado con mayor detenimiento. Porque una interpretación bíblica debería ayudarnos a comprender las Escrituras; no obligar a las Escrituras a adaptarse continuamente a nuestras interpretaciones.

Hay una ironía difícil de pasar por alto. Muchos cristianos afirman interpretar la actualidad a la luz de la Biblia, cuando en realidad terminan leyendo la Biblia a la luz de la actualidad.³ El orden se invierte casi sin darse cuenta. Los titulares del periódico comienzan a determinar qué textos bíblicos reciben atención cada semana, mientras otros pasajes —mucho más centrales para la vida cristiana— permanecen prácticamente olvidados.

No deja de ser significativo que, mientras algunos dedican horas a descifrar la identidad de Gog y Magog, apenas encuentran tiempo para meditar en el Sermón del Monte. Nos hemos acostumbrado a discutir sobre los diez cuernos de la bestia, pero rara vez discutimos con la misma pasión sobre el mandato de amar al enemigo. Y cuando eso sucede, quizá el problema ya no sea únicamente una interpretación escatológica. Quizá el problema sea que hemos perdido el sentido de las prioridades.

El Evangelio nunca pretendió alimentar nuestra curiosidad sobre el futuro. Pretendía transformar nuestra manera de vivir el presente.

Existe una pregunta que pocas veces se plantea y que, sin embargo, resulta decisiva: ¿por qué necesitamos tanto que las profecías se estén cumpliendo ahora?

No es una cuestión menor. Si observamos con atención el discurso de una parte del evangelicalismo contemporáneo, descubriremos una constante difícil de ignorar. Casi todas las generaciones han estado convencidas de vivir los acontecimientos finales. Cada una ha encontrado razones aparentemente irrefutables para afirmarlo. La diferencia es que, cuando pasan los años y la historia continúa, la convicción no desaparece; simplemente cambia de escenario.

La Guerra Fría parecía anunciar el desenlace definitivo.

Después fue la caída de la Unión Soviética.

Más tarde, la Guerra del Golfo.

Luego llegaron los atentados del 11 de septiembre.

Después la Primavera Árabe.

La pandemia.

La invasión de Ucrania.

Y, más recientemente, la guerra entre Israel y Hamás.

Cada uno de esos acontecimientos fue presentado por miles de predicadores, conferenciantes y creadores de contenido como la prueba definitiva de que el reloj profético acababa de acelerar su marcha.⁴ Quien se atreva a revisar sermones, libros o vídeos publicados en cada una de esas etapas comprobará que el lenguaje apenas cambia. Solo cambian los nombres propios.

La pregunta es inevitable.

¿Cuántas veces puede anunciarse el inminente fin del mundo antes de que empecemos a cuestionar el método con el que llegamos siempre a esa conclusión?

Lo curioso es que este fenómeno no suele alimentarse tanto de la lectura pausada de las Escrituras como de la necesidad de conectar inmediatamente cualquier noticia con un versículo bíblico. El proceso casi siempre sigue el mismo esquema: primero aparece el acontecimiento histórico; después comienza una búsqueda apresurada de textos que parezcan describirlo; finalmente, esos textos se presentan como una confirmación de que la profecía acaba de cumplirse.

Pero ese no es el modo en que los autores bíblicos enseñaron a interpretar las Escrituras. La Biblia no fue escrita para que cada generación pudiera encontrarse a sí misma en el periódico. Fue escrita para revelar el carácter de Dios, conducirnos a Cristo y formar un pueblo santo.⁵ Cuando la convertimos en un inmenso código cifrado destinado a explicar cada titular de prensa, dejamos de leerla como revelación para empezar a utilizarla como un mapa de predicciones.

Cuando la convertimos la Biblia en un inmenso código cifrado destinado a explicar cada titular de prensa, dejamos de leerla como revelación para empezar a utilizarla como un mapa de predicciones.

Y ahí comienza uno de los mayores peligros. Porque una vez que adoptamos ese modo de leer la realidad, cualquier noticia deja de ser simplemente una noticia. Todo adquiere un significado oculto. Un tratado internacional ya no es solo un acuerdo diplomático; puede ser el pacto del que habló Daniel. Una moneda digital deja de ser una innovación tecnológica; inmediatamente alguien la relaciona con la marca de la bestia. Una alianza militar ya no responde únicamente a intereses geopolíticos; pasa a formar parte de un supuesto tablero profético diseñado hace miles de años.

La consecuencia es que dejamos de analizar los acontecimientos con criterios históricos, políticos o sociales para interpretarlos exclusivamente mediante un esquema profético previamente establecido.

En psicología existe un fenómeno conocido como apofenia: la tendencia del ser humano a encontrar patrones y relaciones significativas entre hechos que, en realidad, no guardan una conexión objetiva.⁶ Es la misma capacidad que nos hace reconocer figuras en las nubes o rostros en una pared. Se trata de una habilidad cognitiva útil en muchos contextos, pero también puede llevarnos a establecer conexiones inexistentes cuando nuestra mente desea intensamente encontrarlas.

No estoy afirmando que toda interpretación profética sea un caso de apofenia. Sería una conclusión irresponsable. Lo que sí merece reflexión es comprobar hasta qué punto esa tendencia humana puede influir en nuestra manera de leer tanto la historia como las Escrituras. Cuando estamos convencidos de que vivimos los últimos días, el cerebro comienza a buscar confirmaciones de esa idea casi de forma automática. Cada nueva crisis parece encajar en el rompecabezas, mientras que los acontecimientos que no encajan sencillamente pasan desapercibidos.

Quizá por eso Jesús pronunció unas palabras que hoy resultan especialmente incómodas. Al hablar del fin, advirtió repetidamente: «Mirad que nadie os engañe» (Mt 24:4). Lo llamativo es que la advertencia no iba dirigida al mundo, sino precisamente a sus discípulos. Antes de hablar de guerras, terremotos o persecuciones, Jesús habló del peligro del engaño. Tal vez porque sabía que la fascinación por los acontecimientos extraordinarios siempre ha sido un terreno fértil para la especulación.

Y quizá ahí radique la mayor ironía de todas. En nombre del deseo de comprender las profecías, algunos han terminado desarrollando una extraordinaria facilidad para confundir las noticias con la revelación.

Hay algo profundamente paradójico en todo esto.

Nunca habíamos tenido tantos libros sobre profecía, tantos congresos escatológicos, tantos canales de YouTube dedicados exclusivamente al fin de los tiempos y, sin embargo, da la impresión de que cada vez conocemos menos a Jesucristo.

Sabemos interpretar los movimientos de las naciones.

Reconocemos los nombres de Gog y Magog.

Discutimos sobre el tercer templo.

Debatimos acerca de la marca de la bestia.

Analizamos el último conflicto en Oriente Medio.

Pero, al mismo tiempo, resulta llamativo comprobar cuánto tiempo dedicamos a reflexionar sobre las Bienaventuranzas, el Sermón del Monte o las parábolas del Reino. No deja de ser una contradicción sorprendente.

Porque el Nuevo Testamento nunca presenta la madurez espiritual como la capacidad para descifrar acontecimientos futuros. La presenta como el fruto de una vida transformada por Cristo. El apóstol Pablo no pidió a las iglesias que identificaran al Anticristo; les pidió que tuvieran la mente de Cristo. Pedro no exhortó a los creyentes a interpretar cada movimiento del Imperio romano; los animó a vivir vidas santas y piadosas. Santiago no escribió sobre calendarios proféticos; escribió sobre la lengua, la justicia, la humildad y el cuidado de los más vulnerables.

Eso debería hacernos pensar. Quizá sin advertirlo, hemos terminado haciendo exactamente aquello contra lo que Jesús nos advirtió: vivir fascinados por las señales mientras descuidamos aquello que verdaderamente importa.

Vivimos en una época en la que un vídeo de treinta segundos puede recorrer el mundo en cuestión de minutos. Basta una imagen impactante, una música inquietante y un versículo fuera de contexto para convencer a miles de personas de que una nueva profecía acaba de cumplirse. 

El algoritmo premia el sensacionalismo. La indignación genera clics. El miedo multiplica las visualizaciones. Y el resultado es una avalancha constante de contenido que convierte la ansiedad escatológica en un producto de consumo.

Porque no nos engañemos. La escatolocura también mueve dinero. Vende libros. Llena auditorios. Multiplica las visitas en internet. Genera seguidores. Produce conferencias. Convierte a determinados intérpretes en referentes capaces de explicar, semana tras semana, lo que supuestamente Dios está haciendo a través de las noticias.

Y cuando un discurso necesita que el mundo permanezca permanentemente al borde del colapso para seguir despertando interés, quizá ha dejado de anunciar esperanza para empezar a comercializar incertidumbre.

No escribo estas líneas para ridiculizar a quienes durante años han creído sinceramente estas interpretaciones. Yo mismo crecí escuchando muchas de ellas. También esperé con inquietud acontecimientos que nunca llegaron. También aprendí a leer los periódicos buscando confirmar determinados esquemas proféticos. Precisamente por eso sé lo difícil que resulta cuestionar ideas que uno ha dado por ciertas durante tanto tiempo.

Pero llega un momento en el que toda persona honesta debe hacerse una pregunta incómoda.

¿Y si algunas de las cosas que siempre me enseñaron no proceden directamente del texto bíblico, sino de una forma concreta —y relativamente reciente— de interpretarlo?

No es una pregunta peligrosa. Peligroso es negarse a formularla.

La fe cristiana nunca ha tenido miedo a la verdad. Las grandes reformas de la historia de la Iglesia comenzaron precisamente cuando hombres y mujeres se atrevieron a volver a las Escrituras y a preguntarse si las tradiciones que habían heredado reflejaban realmente el mensaje de Cristo.

Quizá nuestra generación necesite hacer exactamente lo mismo. No para abandonar la esperanza del regreso del Señor. No para despreciar la escatología. No para cambiar un sistema teológico por otro. Sino para recuperar algo infinitamente más importante.

Volver a poner a Cristo donde los apóstoles siempre lo pusieron: en el centro absoluto del Evangelio.

Porque esa es, en el fondo, la gran pregunta. No si la próxima guerra anuncia el fin del mundo. No si el Anticristo ya ha nacido. No si el tercer templo comenzará a construirse este año. La pregunta verdaderamente decisiva es otra.

¿Podría alguien escuchar nuestras predicaciones durante un año entero y salir convencido de que el centro de nuestra fe es Jesucristo... o concluiría que el verdadero protagonista del cristianismo contemporáneo es el calendario profético?

Esa pregunta fue el punto de partida de Volver a Cristo.

Este libro nació después de cuestionarme ciertas narrativas, de ver a hermanos desorientados con estos temas, de revisar las Escrituras, de contrastar la historia de la interpretación bíblica y de enfrentar preguntas que durante mucho tiempo preferí no hacerme. No pretende ridiculizar a quienes piensan diferente ni ofrecer respuestas fáciles. Su propósito es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más desafiante: invitar al lector a abrir de nuevo la Biblia y preguntarse si Cristo sigue ocupando el lugar que el Nuevo Testamento le concede, o si otras ideas —por muy populares que sean— han terminado desplazándolo silenciosamente del centro.

Porque quizá el mayor peligro para la Iglesia no sea equivocarse en una interpretación profética.

Quizá el mayor peligro sea acertar en todos los detalles del calendario... y olvidar a Aquel de quien habla toda la Escritura.

 

 

Notas

¹. Ernest R. Sandeen, The Roots of Fundamentalism: British and American Millenarianism, 1800–1930 (Chicago: University of Chicago Press, 1970), 63–95.

². Richard Kyle, The Last Days Are Here Again: A History of the End Times (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1998), 101–168.

³. George Eldon Ladd, The Presence of the Future: The Eschatology of Biblical Realism (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1974), 17–35.

⁴. Paul S. Boyer, When Time Shall Be No More: Prophecy Belief in Modern American Culture (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1992), 120–178.

⁵. Christopher J. H. Wright, Knowing Jesus Through the Old Testament (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1992), 19–47.

⁶. Klaus Conrad, Die beginnende Schizophrenie: Versuch einer Gestaltanalyse des Wahns (Stuttgart: Thieme, 1958), 21–39. El término apofenia fue acuñado por Conrad para describir la tendencia a percibir conexiones o significados donde objetivamente no los hay, un concepto posteriormente utilizado también en psicología cognitiva.


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