¿Y si hemos estado leyendo mal el Génesis? Una mirada a Creación, Edén y diluvio, de Marcelo Wall
Génesis contra la ciencia… ¿o contra nuestras propias interpretaciones?
En los
últimos tiempos me interesan cada vez más aquellos temas que podríamos llamar
controvertidos, precisamente porque son cuestiones
que desafían nuestras cosmovisiones, nuestra manera de entender la realidad y,
en ocasiones, incluso la forma en que hemos aprendido a relacionar nuestra fe
con el mundo que nos rodea.
Hay además
una razón más concreta que en los últimos años me ha llevado a interesarme cada
vez más por estos temas: las preguntas
que me hacen mis alumnos adolescentes en clase. Muchas veces son preguntas
aparentemente sencillas, formuladas casi buscando una respuesta de dos minutos,
pero detrás de ellas se esconden cuestiones
enormemente profundas.
Los alumnos
estudian en clase de Ciencias, en Biología o en Historia determinados relatos sobre el
origen del universo, la aparición de la vida, la evolución humana o la
formación de las sociedades, y después, en la clase de Religión Evangélica, se encuentran
con el relato bíblico de la creación, con Adán y Eva, con el diluvio o con
otras cuestiones que parecen pertenecer
a un universo conceptual completamente diferente. Ellos mismos son
perfectamente conscientes de ese aparente
choque de relatos y, en muchas ocasiones, me toca ejercer de una especie de
"pegamento" entre ambos mundos, intentando ayudarles a comprender qué
está diciendo cada uno y si realmente estamos ante una contradicción o ante
preguntas y lenguajes diferentes. Y lo cierto es que no siempre tengo una respuesta inmediata para todas esas cuestiones.
Algunas de las preguntas que me plantean son precisamente de esas que obligan a
detenerse, estudiar y reconocer que no existe una respuesta sencilla.
Quizá por
eso una de las razones que me han llevado a profundizar más en este tema es
precisamente el deseo de poder
ofrecerles respuestas más precisas y honestas, o al menos ayudarles a formular
mejor las preguntas, en lugar de recurrir a determinados clichés cristianos
ya demasiado manidos y repetidos que pueden cerrar una conversación
precisamente cuando lo que el alumno está haciendo es algo que deberíamos
valorar: intentar comprender.
En ese
sentido, creo que enseñar Religión en un
contexto educativo como el actual obliga también a asumir cierta
responsabilidad intelectual. Los alumnos no viven en compartimentos
estancos en los que la ciencia está en un lado y la religión en otro. Ellos
reciben información de todas partes, estudian teorías científicas, conocen
explicaciones históricas, consumen contenido en tiktok, instagram, plantean preguntas y después
comparan todo ello con aquello que escuchan en la Iglesia, en sus familias o en
la clase de Religión.
Pretender
responder a ese tipo de inquietudes con frases hechas probablemente no les
ayude demasiado. A veces, incluso, puede
hacer que perciban que la fe necesita esquivar determinadas preguntas para
sobrevivir. Y precisamente por eso considero tan necesario entrar en estos
terrenos difíciles: no necesariamente para tener una respuesta definitiva para
cada cuestión, sino para aprender a pensar con mayor rigor, distinguir qué tipo
de preguntas estamos haciendo y mostrar que la relación entre fe, Biblia y
ciencia es bastante más compleja y más interesante que el simple enfrentamiento
entre dos relatos que aparentemente compiten por explicar la misma realidad.
En ese
contexto he terminado recientemente un libro que me ha resultado
particularmente interesante y que, debo reconocerlo desde el principio, me ha
impactado para bien:
Génesis: creación, Edén y diluvio.
¿Qué trata de decir la Biblia?, de Marcelo Wall.
No se trata
simplemente de otro libro sobre el relato de la creación, ni de una nueva
defensa del creacionismo frente a la evolución, ni tampoco de una obra cuyo
propósito sea utilizar la ciencia moderna para desmontar la interpretación
tradicional de la Biblia. Su propuesta es bastante más compleja y, precisamente
por eso, me parece mucho más estimulante.
El libro
intenta situarse en ese terreno tan delicado en el que se encuentran la interpretación bíblica, la historia, la
cultura del antiguo Oriente, la ciencia moderna y la teología cristiana,
preguntándose qué quiso comunicar realmente el autor de Génesis y, sobre todo,
qué ocurre cuando nosotros leemos ese texto desde categorías que pertenecen a
nuestro propio mundo y no necesariamente al mundo en el que fue escrito.
Hay temas que durante mucho tiempo preferimos no tocar
Confieso que
durante bastante tiempo este era uno de esos temas que prefería no tocar
demasiado. Hay determinadas cuestiones dentro de la fe cristiana que uno
aprende a tratar con cierta cautela, no necesariamente porque carezcan de
importancia, sino precisamente porque tienen la capacidad de abrir debates enormes y difíciles de cerrar:
Génesis es uno de ellos.
La creación,
la edad de la Tierra, la evolución, los millones de años, Adán y Eva, el pecado
original, el diluvio, la historicidad de los primeros capítulos de la Biblia o
la relación entre la ciencia y la doctrina de la inspiración bíblica son
cuestiones que rápidamente nos llevan mucho más lejos de una simple discusión
sobre cómo interpretar un determinado pasaje.
¿Qué
significa exactamente que la Biblia sea inerrante?
¿Hasta qué
punto debemos leer Génesis literalmente?
¿Es Génesis
historia? ¿Es poesía? ¿Es mito? ¿Es mitohistoria? ¿Es una narración teológica
construida dentro de las categorías culturales del antiguo Oriente?
Son
preguntas enormes. Y no son preguntas inocentes.
Porque
dependiendo de cómo respondamos a ellas, podemos sentir que estamos poniendo en
peligro determinadas doctrinas fundamentales de nuestra fe.
Algo
parecido me ha ocurrido durante años con la escatología. Son terrenos en los que uno puede empezar cuestionando una determinada
interpretación y terminar descubriendo que debajo de aquella interpretación
había todo un sistema de pensamiento que nunca se había detenido a examinar.
Y quizá por
eso mismo requieren cierta madurez. Una madurez que permita cuestionar incluso
algunas de nuestras propias certezas sin caer necesariamente en el
escepticismo, el relativismo o lo que algunos llamarían "liberalismo
teológico". Porque también existe el extremo contrario: pensar que para
preservar la fe tenemos que evitar determinadas preguntas y proteger
determinadas interpretaciones como si cuestionarlas significara necesariamente
cuestionar a Dios o a la Biblia.
Personalmente,
cada vez estoy más convencido de que una
fe madura debería ser capaz de soportar preguntas difíciles. No porque
todas las respuestas tengan que conducirnos necesariamente a la conclusión que
esperábamos, sino porque la verdad no
debería tener miedo de ser examinada. La cuestión está en aprender a
distinguir entre cuestionar una interpretación determinada de la Escritura y
cuestionar la autoridad de la Escritura misma. Y esa distinción recorre buena
parte de la reflexión que propone Marcelo Wall.
El problema no siempre está en lo que dice la Biblia, sino en cómo hemos aprendido a leerla
Una de las
aportaciones que considero más valiosas del libro es que obliga al lector a
formular una pregunta previa a cualquier discusión sobre creación y evolución:
¿Estamos
realmente leyendo Génesis de la manera en que pretendía ser leído?
Parece una
pregunta sencilla, pero sus consecuencias son enormes, y es una de las claves
que recorre todo la obra. Muchas de nuestras discusiones sobre Génesis parten
de la convicción de que solamente existe una forma evidente de entender el
texto, y que cualquier otra interpretación supone necesariamente una concesión
a la ciencia moderna o un abandono de la autoridad bíblica. Sin embargo, Wall
muestra que la historia de la
interpretación cristiana es bastante más compleja.
A lo largo del libro presenta diferentes maneras en las que Génesis 1 ha sido entendido dentro de la tradición cristiana y demuestra que no existe una única lectura que pueda identificarse sin más con "la interpretación bíblica tradicional". Esto resulta especialmente importante porque nos obliga a distinguir entre la autoridad de la Escritura y la autoridad que nosotros mismos hemos concedido a determinadas interpretaciones de la Escritura.
Wall parte
de una premisa que deja clara desde el principio: afirma la inspiración divina de la Escritura y escribe desde una convicción
cristiana y evangélica. Su propósito, por tanto, no es desmontar la
autoridad bíblica, sino preguntarse cómo debemos interpretarla.
Y aquí
aparece uno de los grandes méritos del libro. Wall no empieza intentando
demostrar que la ciencia tiene razón y que la Biblia está equivocada. Tampoco
empieza intentando demostrar que la Biblia tiene razón y que la ciencia debe
ser descartada. Empieza por una pregunta previa:
¿Hemos
entendido correctamente el texto bíblico?
Esta
pregunta cambia completamente el debate. Porque muchas veces la discusión entre
cristianismo y ciencia se plantea como si existieran dos bloques perfectamente
definidos:
Biblia contra ciencia.
Pero quizá
la cuestión sea bastante más compleja. Quizá el verdadero enfrentamiento no sea
entre la Biblia y la ciencia, sino entre determinadas interpretaciones de la
Biblia y determinadas interpretaciones de la realidad científica.
El libro
presenta seis grandes aproximaciones a
Génesis:
- Prescripción científica.
- Días simbólicos.
- Hipótesis de intervalo.
- Completa analogía.
- Historia en su contexto cultural.
- Cosmología antigua.
Wall no presenta estas posiciones simplemente
para elegir una y descalificar rápidamente las demás, sino que intenta explicar qué presupuestos existen
detrás de cada una, qué problemas
pretenden solucionar y cuáles son sus principales dificultades. Esta manera
de proceder me parece especialmente saludable porque obliga al lector a salir
de la comodidad de pensar que aquellos que interpretan Génesis de una manera
diferente necesariamente lo hacen porque no creen en la Biblia. El debate es
mucho más amplio y, en buena medida, se produce dentro del propio campo de
quienes afirman la inspiración y autoridad de la Escritura.
El problema del ultraliteralismo
Una de las
cuestiones que el libro plantea indirectamente es si realmente necesitamos convertir Génesis en una especie de tratado
científico moderno para defender la verdad de la Biblia. Cuando se
interpreta Génesis como una descripción científica de la formación del
universo, de la Tierra y de las especies, cualquier descubrimiento científico
que contradiga esa interpretación parece convertirse inmediatamente en una
amenaza para la fe. Pero quizá el problema no esté en el descubrimiento
científico, sino en haberle pedido al
texto bíblico que respondiera preguntas utilizando categorías que probablemente
no eran las suyas.
Leer Génesis desde el mundo antiguo: La Biblia no tiene por qué hablarnos como un laboratorio moderno
Esto no
significa que Génesis sea falso ni que la Biblia deje de estar inspirada.
Significa algo bastante más sencillo: que Dios
comunicó su revelación dentro de una historia, una cultura y un lenguaje
concretos. Wall plantea algo muy sencillo:
«Dios habló a personas reales dentro de una cultura real, utilizando las categorías comprensibles para esas personas.»
Eso no
destruye la inspiración. Al contrario. Nos obliga a entender mejor qué
significa la inspiración.
Si realmente
queremos saber qué escuchaba un israelita antiguo cuando oía hablar de la
creación, no podemos asumir que escuchaba exactamente lo mismo que un lector
occidental del siglo XXI. El libro utiliza aquí buena parte de las
investigaciones relacionadas con John Walton y con la denominada
"cosmología antigua", que entiende Génesis 1 como una forma de hablar
sobre la realidad, su organización, sus funciones y el lugar que ocupa Dios
dentro de ella.
Esta
propuesta me parece especialmente sugerente porque nos obliga a abandonar una imagen demasiado simplista de la inspiración.
A veces hablamos de la Biblia como si Dios hubiera dictado directamente a sus
autores un tratado científico miles de años adelantado a su tiempo. Pero los propios textos bíblicos muestran
autores que escriben desde su cultura, utilizan sus géneros literarios, emplean
imágenes conocidas por sus contemporáneos y se expresan mediante las
categorías de su mundo. El hecho de que Dios utilice la cultura y el lenguaje
de los autores humanos no disminuye necesariamente la inspiración; puede ser
precisamente una parte fundamental de cómo funciona la revelación.
Esta
interpretación, como reconoce el propio libro, no está exenta de problemas.
Algunos estudiosos consideran que puede exagerar la importancia de las
funciones frente a la materialidad de la creación, depender demasiado de los
textos del antiguo Oriente o dejar en segundo plano determinadas preguntas
históricas. Pero incluso teniendo en cuenta esas objeciones, creo que aporta
algo que difícilmente podemos ignorar: nos
recuerda lo lejos que está el mundo conceptual de Génesis de nuestra manera
moderna de describir la realidad. Y eso debería hacernos mucho más
prudentes antes de convertir determinadas interpretaciones del texto en
afirmaciones científicas definitivas.
Entonces, ¿Génesis es mito?
¿Qué clase de texto es Génesis 1–11?
Y aquí
conviene tener cuidado con las palabras, especialmente con la palabra "mito". Porque en el lenguaje cotidiano
"mito" significa muchas veces "mentira",
"leyenda" o "algo que nunca ocurrió".
Pero en el
ámbito académico y literario, "mito" puede tener otros significados
relacionados con narraciones
fundamentales que expresan la realidad, el origen, el orden del mundo, la
condición humana o la relación entre los seres humanos y lo divino.
Por eso creo
que sería demasiado sencillo y simplista concluir que "si Génesis es mito,
entonces no es verdad", del mismo modo que también sería demasiado
sencillo afirmar que "si Génesis es verdadero, necesariamente debe ser una
descripción científica literal de acontecimientos ocurridos en seis días de
veinticuatro horas".
Una de las
aportaciones interesantes de Wall consiste precisamente en intentar escapar de esa falsa dicotomía. Cuando
analiza la lectura histórica en su contexto cultural, muestra que podemos
preguntarnos por la historicidad de los acontecimientos sin asumir que una
narración antigua tiene que responder a los criterios de la historiografía
moderna.
«La cuestión no es solamente si sucedió algo, sino también qué clase de texto tenemos delante y qué pretende comunicar.»
El propio
libro insiste en que Génesis no funciona
como un informe policial moderno que pretende reconstruir cada
acontecimiento mediante el tipo de verificabilidad que nosotros exigimos
actualmente a un documento histórico.
Esta
distinción me parece especialmente importante porque muchas discusiones
cristianas quedan atrapadas en una pregunta demasiado reducida:
"¿Es literal o no
es literal?".
Quizá
deberíamos formular preguntas más precisas:
¿Qué quiere
comunicar el texto?, ¿qué género utiliza?, ¿qué entendía su audiencia
original?, ¿qué conceptos culturales están detrás de sus imágenes?, ¿qué
pretende afirmar teológicamente?, ¿qué relación existe entre la narración y los
acontecimientos históricos que describe?
Solo después
de haber formulado estas preguntas podremos empezar a discutir con cierta
seriedad sobre lo histórico, lo simbólico, lo paradigmático o lo mítico.
Evolución y creación: una tensión que quizá no tenga por qué ser una guerra. ¿Y si Dios hubiera creado mediante evolución?
«La posibilidad de aceptar un proceso evolutivo no tendría por qué implicar automáticamente negar que Dios sea el creador.»
Si Génesis
pretende afirmar principalmente que Dios es el creador, que la creación le
pertenece, que es buena, que tiene un propósito y que el ser humano ocupa en
ella una posición particular, entonces la pregunta acerca del mecanismo
mediante el cual se desarrollaron determinadas formas de vida puede pertenecer
a un nivel diferente de discusión.
«Si Dios es realmente el creador, ¿por qué tendría que importarnos que el mecanismo utilizado haya sido instantáneo, progresivo, evolutivo o de cualquier otra naturaleza?»
Esto no
resuelve todos los problemas, naturalmente. Y me parece importante señalarlo
porque sería injusto presentar el libro como si hubiese solucionado
definitivamente la relación entre evolución y teología. Quedan cuestiones muy
complejas relacionadas con la muerte, el pecado, Adán, la caída y la
interpretación de Pablo. Pero precisamente ahí encuentro interesante la
propuesta: no pretende hacer desaparecer las dificultades, sino mostrar que
existen formas de plantearlas sin asumir de entrada que la ciencia y la Biblia
tienen que estar necesariamente enfrentadas.
Del mismo
modo, aceptar que la Tierra tiene una
antigüedad de millones o miles de millones de años no implica automáticamente
haber demostrado que el cristianismo es falso. El conflicto aparece cuando
convertimos una determinada interpretación científica en una filosofía completa
de la realidad o, en sentido contrario, cuando convertimos nuestra
interpretación particular de Génesis en una teoría científica que la Biblia
nunca pretendió formular.
Por eso me
parece acertado que Wall busque un
modelo de diálogo entre ciencia y fe. No
se trata de fusionar ambas disciplinas ni de hacer que una sustituya a la otra.
La ciencia puede ayudarnos a comprender mejor el mundo creado y también puede
obligarnos a revisar determinadas concepciones cosmológicas que hemos
incorporado a nuestra lectura de la Biblia sin darnos cuenta. Pero la ciencia tampoco puede responder por sí
sola a todas las preguntas filosóficas y teológicas que los seres humanos
nos hacemos acerca del sentido, el propósito, el bien, el mal o la razón última
de la existencia. El diálogo, por tanto, parece mucho más fecundo que la
guerra.
El verdadero problema: Adán
Me parece
interesante que Wall no se precipite a responder estas preguntas sin antes
preguntarse qué significa realmente "histórico". Porque podemos estar utilizando una definición
moderna de historicidad para juzgar una narración que no fue escrita con
nuestras categorías historiográficas. El libro recuerda que una cuestión es
preguntar qué ocurrió realmente y otra distinta preguntar cómo la narración
bíblica representa y explica esa realidad.
«La Biblia puede comunicar una realidad histórica sin hacerlo necesariamente mediante nuestras categorías modernas de historiografía.»
Esta
distinción permite además recuperar la dimensión teológica de Adán. En Pablo, Adán aparece como figura del que había de
venir, es decir, de Cristo. Por eso la importancia de Adán en el Nuevo
Testamento no se limita necesariamente a establecer dónde comenzó
biológicamente la especie humana, sino que adquiere
una dimensión representativa y teológica. Adán encarna al ser humano que
fracasa, mientras que Cristo aparece como el nuevo Adán, aquel que inaugura una
nueva humanidad. Esta perspectiva no
elimina las preguntas históricas, pero impide reducir toda la discusión a una
cuestión de genética o cronología. Esto permite recuperar una lectura
cristológica de Génesis que me parece mucho más interesante que la obsesión por
establecer una cronología exacta.
El Edén como santuario y el hilo que atraviesa toda la Biblia
Estamos
acostumbrados a pensar en el jardín simplemente como el lugar paradisíaco en el
que vivieron Adán y Eva, pero Wall desarrolla una interpretación mucho más rica
al relacionarlo con el lenguaje y las funciones del santuario. Los verbos
utilizados para describir la tarea de Adán, así como diferentes elementos del
relato, encuentran paralelos posteriores en las funciones sacerdotales
relacionadas con el tabernáculo y el templo. Esto permite leer el Edén no solamente como un jardín, sino
como un espacio sagrado en el que Dios establece su presencia y en el que el
ser humano recibe una responsabilidad particular.
Esta
interpretación tiene además una consecuencia muy interesante: Génesis deja de ser un relato aislado sobre
los primeros seres humanos y comienza a conectarse con toda la historia bíblica.
El jardín, el tabernáculo, el templo, la presencia de Dios, la expulsión, la
pérdida del acceso al espacio sagrado y, finalmente, la restauración de la
presencia divina aparecen como diferentes momentos de una misma historia. El
libro llega a relacionar esta línea con la Nueva Jerusalén de Apocalipsis,
donde la presencia de Dios vuelve a estar en medio de la humanidad.
Esta lectura
me parece especialmente poderosa porque pone el centro de la discusión en otro
lugar que me parece muy interesante. Génesis
deja de ser simplemente un problema que tenemos que resolver para defender
nuestra posición sobre la creación y
vuelve a convertirse en una pieza fundamental de la teología bíblica. Ya no
estamos preguntándonos únicamente cuántos años tiene la Tierra, sino qué
significa que Dios haya creado, que la humanidad haya recibido una vocación,
que esa relación se haya roto y que toda la historia bíblica apunte hacia la
restauración.
El verdadero mensaje de Génesis puede ser mucho más grande que el "cómo"
Pero el libro invita a plantear otra pregunta:
¿por qué creó Dios y para qué creó? No en el sentido de negar el
"cómo", sino en el sentido de reconocer que:
«quizá Génesis está interesado en preguntas mucho más profundas que las que nosotros estamos intentando extraer de él.»
La
conclusión del libro insiste en que la
creación es algo sagrado para Dios, que es presentada positivamente como buena
y ordenada, y que el séptimo día representa el estado de paz y armonía bajo el
gobierno divino. La creación no es simplemente un escenario físico donde
ocurren acontecimientos humanos; es el mundo que pertenece a Dios y que tiene
un propósito.
El diluvio tampoco queda reducido a una discusión geológica
Algo
parecido ocurre con el diluvio. El libro dedica un espacio considerable a
preguntarse qué significa hablar de un "diluvio universal" y qué
universo se tenía en mente en el mundo antiguo. Esta pregunta puede parecer
secundaria, pero en realidad vuelve a tocar el problema fundamental:
¿Estamos
leyendo el texto desde nuestro mapa mental o desde el mapa mental del mundo
bíblico?
El libro
amplía además el análisis hacia otros textos del Antiguo Testamento y del Nuevo
Testamento relacionados con creación y destrucción. Esto es importante porque
evita estudiar Génesis de forma aislada. La creación, la destrucción y la
restauración aparecen como grandes movimientos de una misma historia bíblica. Eso
desemboca finalmente en la nueva creación.
Una creación que necesita restauración
De esta
manera, Génesis no sería simplemente el relato de "cómo empezó todo",
sino el comienzo de una historia mucho más amplia acerca de la relación entre
Dios, la humanidad y la creación. El final de la Biblia vuelve a plantear
precisamente el problema de la presencia de Dios con la humanidad y la
restauración de todas las cosas. En este sentido, el libro consigue algo que
considero muy valioso: leer Génesis no como una pieza arqueológica que tenemos
que defender frente a la ciencia moderna, sino como el primer capítulo de una
historia teológica que atraviesa toda la Escritura.
¿Dos libros de Dios?
Aquí aparece
otra imagen muy sugerente del libro: la metáfora de los "dos libros de
Dios". La idea parte de reconocer que Dios se revela en la Escritura, pero
también que el mundo creado puede ser estudiado. El problema aparece cuando uno
de los dos pretende convertirse en autoridad absoluta para responder preguntas
que pertenecen al otro. La ciencia no puede convertirse en teología. Pero la
teología tampoco debería convertirse en una pseudociencia. Y ambos campos
necesitan humildad.
Wall
recuerda una idea atribuida a Agustín especialmente pertinente para este
debate: no deberíamos aferrarnos precipitadamente a una interpretación de
pasajes oscuros de la Escritura, porque un estudio posterior podría mostrar que
nuestra interpretación era equivocada. Me parece una actitud
extraordinariamente sana.
Lo que más valoro de este libro
Valoro
especialmente el esfuerzo por recuperar
el contexto histórico y cultural de Génesis, porque creo que es algo que
con frecuencia olvidamos. Me trajo recuerdos de mis épocas universitarias (¡qué
años aquellos!) en el Campus de Ourense cursando la licenciatura en Historia,
donde una de mis asignaturas optativas favoritas fue "Historia de las
Religiones Antiguas", en la cual también me sumergía en estas cosmologías de
dioses y culturas antiguas, principalmente de Egipto y el cercano Oriente.
Todo esto me
trae a la conclusión que:
«La Biblia no cayó del cielo en forma de un tratado moderno. Fue escrita dentro de culturas concretas, utilizando lenguas concretas, géneros literarios concretos y categorías de pensamiento concretas.»
Reconocer
esto no significa relativizar la
Escritura; significa tomarse en serio la naturaleza histórica de la revelación.
También
valoro que el libro obligue a distinguir entre Biblia e interpretación bíblica.
Esta diferencia es fundamental. Decir "la Biblia enseña X" y decir
"yo interpreto que este pasaje significa X" no siempre es exactamente
lo mismo. Durante siglos, los cristianos han discutido entre ellos precisamente
porque existen diferentes maneras de interpretar determinados textos.
Reconocerlo no debería llevarnos al relativismo, sino a una mayor humildad
hermenéutica.
«Por encima de todo valoro que el libro me haya recordado que la fe cristiana no debería tener miedo de pensar. Tenemos que ser capaces de entrar en conversaciones difíciles sin sentir que cada pregunta es una amenaza.»
Podemos
investigar la ciencia, estudiar la historia, comparar textos del antiguo
Oriente, revisar nuestras interpretaciones y reconocer que algunas cosas no las
sabemos con certeza absoluta sin que todo eso implique abandonar a Cristo.
Algunas reservas y aspectos discutibles
El propio
libro reconoce algunas de las críticas que se han formulado contra esta
interpretación, especialmente el riesgo de enfatizar demasiado las funciones
frente a la materialidad, de depender excesivamente de los textos del antiguo
Oriente o de relegar la cuestión histórica. Por eso creo que lo más adecuado es
leer estas propuestas como herramientas
hermenéuticas que nos ayudan a ampliar nuestra comprensión, no como nuevas
ortodoxias que simplemente sustituyan a las anteriores.
También creo
que cuestiones como Adán, la muerte antes de la caída, el pecado original y la
relación entre evolución y teología siguen necesitando mucha más discusión. El libro abre puertas interesantes, pero
abrir una puerta no significa haber recorrido ya todo el camino. Y
precisamente por eso me parece un libro valioso: porque después de leerlo uno
tiene más preguntas que antes, pero son preguntas mejores.
Una fe suficientemente madura para poder hacerse preguntas
Durante mucho tiempo pensé que determinados temas eran peligrosos para la fe y que quizá era mejor no entrar demasiado en ellos. Pero cada vez estoy menos convencido de eso. El verdadero peligro no está necesariamente en preguntar.
El verdadero peligro puede estar en construir una fe tan dependiente de determinadas interpretaciones que cualquier cuestionamiento de ellas parezca automáticamente un cuestionamiento de Dios.
Una cosa es
abandonar una interpretación concreta de Génesis y otra muy diferente abandonar
la fe cristiana. Una cosa es aceptar que la Tierra tiene una antigüedad enorme
y otra concluir que Dios no existe. Una cosa es estudiar la evolución como
explicación científica y otra aceptar el materialismo filosófico como
consecuencia necesaria de ella. Una cosa es reconocer que determinadas
cuestiones de Génesis son más complejas de lo que pensábamos y otra afirmar que
la Biblia carece de autoridad.
Necesitamos
aprender a distinguir. Y quizá esa distinción sea precisamente una de las
tareas de una fe madura.
Una valoración final
Génesis: creación, Edén y diluvio es un libro para leer despacio. No es un libro de respuestas rápidas ni pretende convertir
una cuestión compleja en una fórmula sencilla. Es una invitación a estudiar,
comparar, cuestionar y, sobre todo, a recuperar
la capacidad de dialogar. Su propuesta de acercamiento entre Biblia y
ciencia no consiste en sacrificar la Escritura para hacerla compatible con la
ciencia moderna, ni en negar la ciencia para proteger una determinada lectura
literalista de Génesis. Consiste en preguntarnos primero qué quiso comunicar el texto y qué preguntas estaba intentando
responder.
Y aquí es
donde, personalmente, encuentro su mayor valor. La evolución y la enorme
antigüedad de la Tierra no tienen por qué invalidar el relato bíblico si
comprendemos que Génesis puede estar
interesado en transmitir algo mucho más profundo que una explicación científica
del mecanismo mediante el cual surgió el universo. Puede estar hablando del
propósito de la creación, de su bondad, de su carácter sagrado, del lugar del
ser humano, de nuestra responsabilidad, de la ruptura producida por el pecado y
de la necesidad de restauración.
En otras
palabras, quizá Génesis no esté respondiendo
únicamente a la pregunta de cómo
creó Dios, sino también, y de manera mucho más profunda, a las preguntas de por qué y para qué.
Y eso cambia
considerablemente la conversación.
Después de
leer el libro, sigo teniendo preguntas. De hecho, probablemente tenga más que
antes. Pero no considero que eso sea un problema. Al contrario, creo que es una
de las mejores cosas que puede conseguir un buen libro: no cerrar
prematuramente una cuestión, sino abrir delante de nosotros un horizonte más
amplio.
«Una fe que necesita evitar las preguntas para sobrevivir es una fe frágil. Pero una fe que puede atravesar preguntas difíciles, dialogar con la ciencia, revisar sus interpretaciones y enfrentarse honestamente a aquello que no sabe sin abandonar por ello su confianza en Dios puede ser, paradójicamente, una fe mucho más sólida.»
Y esa es quizá la impresión que me queda después de leer a Marcelo Wall: no me ha hecho creer menos; me ha hecho pensar más. Y en un tiempo en el que tantas veces confundimos la fidelidad con la seguridad absoluta de nuestras propias interpretaciones, no me parece un mérito menor. Me parece, sencillamente, una buena razón para leer este libro.
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