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¿Y si hemos estado leyendo mal el Génesis? Una mirada a "Creación, Edén y diluvio", de Marcelo Wall

¿Y si hemos estado leyendo mal el Génesis? Una mirada a Creación, Edén y diluvio, de Marcelo Wall

Génesis contra la ciencia… ¿o contra nuestras propias interpretaciones?

 Hay algo que me gusta especialmente del verano: disponer de tiempo para leer con calma. Durante el curso académico, entre las clases, la iglesia, la preparación, las obligaciones familiares del día a día y el ritmo habitual de trabajo, no siempre resulta fácil dedicar a la lectura el tiempo que uno quisiera. Por eso suelo aprovechar especialmente estos meses para acercarme a libros que despiertan mi curiosidad intelectual y me obligan a detenerme en cuestiones que van un poco más allá de la literatura cristiana habitual.

En los últimos tiempos me interesan cada vez más aquellos temas que podríamos llamar controvertidos, precisamente porque son cuestiones que desafían nuestras cosmovisiones, nuestra manera de entender la realidad y, en ocasiones, incluso la forma en que hemos aprendido a relacionar nuestra fe con el mundo que nos rodea.

Hay además una razón más concreta que en los últimos años me ha llevado a interesarme cada vez más por estos temas: las preguntas que me hacen mis alumnos adolescentes en clase. Muchas veces son preguntas aparentemente sencillas, formuladas casi buscando una respuesta de dos minutos, pero detrás de ellas se esconden cuestiones enormemente profundas.

Los alumnos estudian en clase de Ciencias, en Biología o en Historia determinados relatos sobre el origen del universo, la aparición de la vida, la evolución humana o la formación de las sociedades, y después, en la clase de Religión Evangélica, se encuentran con el relato bíblico de la creación, con Adán y Eva, con el diluvio o con otras cuestiones que parecen pertenecer a un universo conceptual completamente diferente. Ellos mismos son perfectamente conscientes de ese aparente choque de relatos y, en muchas ocasiones, me toca ejercer de una especie de "pegamento" entre ambos mundos, intentando ayudarles a comprender qué está diciendo cada uno y si realmente estamos ante una contradicción o ante preguntas y lenguajes diferentes. Y lo cierto es que no siempre tengo una respuesta inmediata para todas esas cuestiones. Algunas de las preguntas que me plantean son precisamente de esas que obligan a detenerse, estudiar y reconocer que no existe una respuesta sencilla.

Quizá por eso una de las razones que me han llevado a profundizar más en este tema es precisamente el deseo de poder ofrecerles respuestas más precisas y honestas, o al menos ayudarles a formular mejor las preguntas, en lugar de recurrir a determinados clichés cristianos ya demasiado manidos y repetidos que pueden cerrar una conversación precisamente cuando lo que el alumno está haciendo es algo que deberíamos valorar: intentar comprender.

En ese sentido, creo que enseñar Religión en un contexto educativo como el actual obliga también a asumir cierta responsabilidad intelectual. Los alumnos no viven en compartimentos estancos en los que la ciencia está en un lado y la religión en otro. Ellos reciben información de todas partes, estudian teorías científicas, conocen explicaciones históricas, consumen contenido en tiktok, instagram, plantean preguntas y después comparan todo ello con aquello que escuchan en la Iglesia, en sus familias o en la clase de Religión.

Pretender responder a ese tipo de inquietudes con frases hechas probablemente no les ayude demasiado. A veces, incluso, puede hacer que perciban que la fe necesita esquivar determinadas preguntas para sobrevivir. Y precisamente por eso considero tan necesario entrar en estos terrenos difíciles: no necesariamente para tener una respuesta definitiva para cada cuestión, sino para aprender a pensar con mayor rigor, distinguir qué tipo de preguntas estamos haciendo y mostrar que la relación entre fe, Biblia y ciencia es bastante más compleja y más interesante que el simple enfrentamiento entre dos relatos que aparentemente compiten por explicar la misma realidad.

En ese contexto he terminado recientemente un libro que me ha resultado particularmente interesante y que, debo reconocerlo desde el principio, me ha impactado para bien:

Génesis: creación, Edén y diluvio. ¿Qué trata de decir la Biblia?, de Marcelo Wall.

No se trata simplemente de otro libro sobre el relato de la creación, ni de una nueva defensa del creacionismo frente a la evolución, ni tampoco de una obra cuyo propósito sea utilizar la ciencia moderna para desmontar la interpretación tradicional de la Biblia. Su propuesta es bastante más compleja y, precisamente por eso, me parece mucho más estimulante.

El libro intenta situarse en ese terreno tan delicado en el que se encuentran la interpretación bíblica, la historia, la cultura del antiguo Oriente, la ciencia moderna y la teología cristiana, preguntándose qué quiso comunicar realmente el autor de Génesis y, sobre todo, qué ocurre cuando nosotros leemos ese texto desde categorías que pertenecen a nuestro propio mundo y no necesariamente al mundo en el que fue escrito.

Hay temas que durante mucho tiempo preferimos no tocar 

Confieso que durante bastante tiempo este era uno de esos temas que prefería no tocar demasiado. Hay determinadas cuestiones dentro de la fe cristiana que uno aprende a tratar con cierta cautela, no necesariamente porque carezcan de importancia, sino precisamente porque tienen la capacidad de abrir debates enormes y difíciles de cerrar: Génesis es uno de ellos.

La creación, la edad de la Tierra, la evolución, los millones de años, Adán y Eva, el pecado original, el diluvio, la historicidad de los primeros capítulos de la Biblia o la relación entre la ciencia y la doctrina de la inspiración bíblica son cuestiones que rápidamente nos llevan mucho más lejos de una simple discusión sobre cómo interpretar un determinado pasaje.

¿Qué significa exactamente que la Biblia sea inerrante?

¿Hasta qué punto debemos leer Génesis literalmente?

¿Es Génesis historia? ¿Es poesía? ¿Es mito? ¿Es mitohistoria? ¿Es una narración teológica construida dentro de las categorías culturales del antiguo Oriente?

Son preguntas enormes. Y no son preguntas inocentes.

Porque dependiendo de cómo respondamos a ellas, podemos sentir que estamos poniendo en peligro determinadas doctrinas fundamentales de nuestra fe.

Algo parecido me ha ocurrido durante años con la escatología. Son terrenos en los que uno puede empezar cuestionando una determinada interpretación y terminar descubriendo que debajo de aquella interpretación había todo un sistema de pensamiento que nunca se había detenido a examinar.

Y quizá por eso mismo requieren cierta madurez. Una madurez que permita cuestionar incluso algunas de nuestras propias certezas sin caer necesariamente en el escepticismo, el relativismo o lo que algunos llamarían "liberalismo teológico". Porque también existe el extremo contrario: pensar que para preservar la fe tenemos que evitar determinadas preguntas y proteger determinadas interpretaciones como si cuestionarlas significara necesariamente cuestionar a Dios o a la Biblia.

Personalmente, cada vez estoy más convencido de que una fe madura debería ser capaz de soportar preguntas difíciles. No porque todas las respuestas tengan que conducirnos necesariamente a la conclusión que esperábamos, sino porque la verdad no debería tener miedo de ser examinada. La cuestión está en aprender a distinguir entre cuestionar una interpretación determinada de la Escritura y cuestionar la autoridad de la Escritura misma. Y esa distinción recorre buena parte de la reflexión que propone Marcelo Wall.

El problema no siempre está en lo que dice la Biblia, sino en cómo hemos aprendido a leerla

Una de las aportaciones que considero más valiosas del libro es que obliga al lector a formular una pregunta previa a cualquier discusión sobre creación y evolución:

 ¿Estamos realmente leyendo Génesis de la manera en que pretendía ser leído?

Parece una pregunta sencilla, pero sus consecuencias son enormes, y es una de las claves que recorre todo la obra. Muchas de nuestras discusiones sobre Génesis parten de la convicción de que solamente existe una forma evidente de entender el texto, y que cualquier otra interpretación supone necesariamente una concesión a la ciencia moderna o un abandono de la autoridad bíblica. Sin embargo, Wall muestra que la historia de la interpretación cristiana es bastante más compleja.

A lo largo del libro presenta diferentes maneras en las que Génesis 1 ha sido entendido dentro de la tradición cristiana y demuestra que no existe una única lectura que pueda identificarse sin más con "la interpretación bíblica tradicional". Esto resulta especialmente importante porque nos obliga a distinguir entre la autoridad de la Escritura y la autoridad que nosotros mismos hemos concedido a determinadas interpretaciones de la Escritura.

Wall parte de una premisa que deja clara desde el principio: afirma la inspiración divina de la Escritura y escribe desde una convicción cristiana y evangélica. Su propósito, por tanto, no es desmontar la autoridad bíblica, sino preguntarse cómo debemos interpretarla.

Y aquí aparece uno de los grandes méritos del libro. Wall no empieza intentando demostrar que la ciencia tiene razón y que la Biblia está equivocada. Tampoco empieza intentando demostrar que la Biblia tiene razón y que la ciencia debe ser descartada. Empieza por una pregunta previa:

¿Hemos entendido correctamente el texto bíblico?

Esta pregunta cambia completamente el debate. Porque muchas veces la discusión entre cristianismo y ciencia se plantea como si existieran dos bloques perfectamente definidos:

Biblia contra ciencia.

Pero quizá la cuestión sea bastante más compleja. Quizá el verdadero enfrentamiento no sea entre la Biblia y la ciencia, sino entre determinadas interpretaciones de la Biblia y determinadas interpretaciones de la realidad científica.

El libro presenta seis grandes aproximaciones a Génesis:

  1. Prescripción científica.
  2. Días simbólicos.
  3. Hipótesis de intervalo.
  4. Completa analogía.
  5. Historia en su contexto cultural.
  6. Cosmología antigua.

 Wall no presenta estas posiciones simplemente para elegir una y descalificar rápidamente las demás, sino que intenta explicar qué presupuestos existen detrás de cada una, qué problemas pretenden solucionar y cuáles son sus principales dificultades. Esta manera de proceder me parece especialmente saludable porque obliga al lector a salir de la comodidad de pensar que aquellos que interpretan Génesis de una manera diferente necesariamente lo hacen porque no creen en la Biblia. El debate es mucho más amplio y, en buena medida, se produce dentro del propio campo de quienes afirman la inspiración y autoridad de la Escritura.

El problema del ultraliteralismo

Una de las cuestiones que el libro plantea indirectamente es si realmente necesitamos convertir Génesis en una especie de tratado científico moderno para defender la verdad de la Biblia. Cuando se interpreta Génesis como una descripción científica de la formación del universo, de la Tierra y de las especies, cualquier descubrimiento científico que contradiga esa interpretación parece convertirse inmediatamente en una amenaza para la fe. Pero quizá el problema no esté en el descubrimiento científico, sino en haberle pedido al texto bíblico que respondiera preguntas utilizando categorías que probablemente no eran las suyas.

Leer Génesis desde el mundo antiguo: La Biblia no tiene por qué hablarnos como un laboratorio moderno

 Aquí aparece una de las partes que más me ha interesado de todo el libro: la importancia de recuperar el contexto cultural del antiguo Oriente. Nosotros leemos Génesis desde una mentalidad científica completamente diferente de la que tenía el mundo antiguo. Cuando encontramos palabras como "cielo", "tierra", "aguas", "firmamento", "mares" o "estrellas", automáticamente las interpretamos a partir de nuestra propia concepción del universo. Pero el lector antiguo no pensaba en términos de física moderna, cosmología contemporánea o biología molecular. Pensaba dentro de las categorías culturales de su época.

Esto no significa que Génesis sea falso ni que la Biblia deje de estar inspirada. Significa algo bastante más sencillo: que Dios comunicó su revelación dentro de una historia, una cultura y un lenguaje concretos. Wall plantea algo muy sencillo:

«Dios habló a personas reales dentro de una cultura real, utilizando las categorías comprensibles para esas personas.»

Eso no destruye la inspiración. Al contrario. Nos obliga a entender mejor qué significa la inspiración.

Si realmente queremos saber qué escuchaba un israelita antiguo cuando oía hablar de la creación, no podemos asumir que escuchaba exactamente lo mismo que un lector occidental del siglo XXI. El libro utiliza aquí buena parte de las investigaciones relacionadas con John Walton y con la denominada "cosmología antigua", que entiende Génesis 1 como una forma de hablar sobre la realidad, su organización, sus funciones y el lugar que ocupa Dios dentro de ella.

Esta propuesta me parece especialmente sugerente porque nos obliga a abandonar una imagen demasiado simplista de la inspiración. A veces hablamos de la Biblia como si Dios hubiera dictado directamente a sus autores un tratado científico miles de años adelantado a su tiempo. Pero los propios textos bíblicos muestran autores que escriben desde su cultura, utilizan sus géneros literarios, emplean imágenes conocidas por sus contemporáneos y se expresan mediante las categorías de su mundo. El hecho de que Dios utilice la cultura y el lenguaje de los autores humanos no disminuye necesariamente la inspiración; puede ser precisamente una parte fundamental de cómo funciona la revelación.

La comparación que Wall presenta entre Génesis y determinadas concepciones del antiguo Oriente resulta especialmente interesante en este punto. En estos textos antiguos, la creación no aparece necesariamente como la construcción de una máquina física, sino como la organización de un cosmos que funciona, adquiere orden y se convierte en morada de la divinidad. El libro relaciona esta concepción con la estructura de Génesis 1 y, de manera particularmente sugerente, con los siete días y la idea de la inauguración de un templo cósmico. El séptimo día, por tanto, no sería simplemente el momento en que Dios deja de trabajar porque está cansado, sino la culminación de un proceso de ordenación en el que Dios establece su gobierno y descansa en su creación.

Esta interpretación, como reconoce el propio libro, no está exenta de problemas. Algunos estudiosos consideran que puede exagerar la importancia de las funciones frente a la materialidad de la creación, depender demasiado de los textos del antiguo Oriente o dejar en segundo plano determinadas preguntas históricas. Pero incluso teniendo en cuenta esas objeciones, creo que aporta algo que difícilmente podemos ignorar: nos recuerda lo lejos que está el mundo conceptual de Génesis de nuestra manera moderna de describir la realidad. Y eso debería hacernos mucho más prudentes antes de convertir determinadas interpretaciones del texto en afirmaciones científicas definitivas.

Entonces, ¿Génesis es mito?

 Llegados a este punto aparece inevitablemente una de las preguntas más delicadas:

¿Qué clase de texto es Génesis 1–11?

Y aquí conviene tener cuidado con las palabras, especialmente con la palabra "mito". Porque en el lenguaje cotidiano "mito" significa muchas veces "mentira", "leyenda" o "algo que nunca ocurrió".

Pero en el ámbito académico y literario, "mito" puede tener otros significados relacionados con narraciones fundamentales que expresan la realidad, el origen, el orden del mundo, la condición humana o la relación entre los seres humanos y lo divino.

Por eso creo que sería demasiado sencillo y simplista concluir que "si Génesis es mito, entonces no es verdad", del mismo modo que también sería demasiado sencillo afirmar que "si Génesis es verdadero, necesariamente debe ser una descripción científica literal de acontecimientos ocurridos en seis días de veinticuatro horas".

Una de las aportaciones interesantes de Wall consiste precisamente en intentar escapar de esa falsa dicotomía. Cuando analiza la lectura histórica en su contexto cultural, muestra que podemos preguntarnos por la historicidad de los acontecimientos sin asumir que una narración antigua tiene que responder a los criterios de la historiografía moderna.

«La cuestión no es solamente si sucedió algo, sino también qué clase de texto tenemos delante y qué pretende comunicar.»

El propio libro insiste en que Génesis no funciona como un informe policial moderno que pretende reconstruir cada acontecimiento mediante el tipo de verificabilidad que nosotros exigimos actualmente a un documento histórico.

Esta distinción me parece especialmente importante porque muchas discusiones cristianas quedan atrapadas en una pregunta demasiado reducida:

"¿Es literal o no es literal?".

Quizá deberíamos formular preguntas más precisas:

¿Qué quiere comunicar el texto?, ¿qué género utiliza?, ¿qué entendía su audiencia original?, ¿qué conceptos culturales están detrás de sus imágenes?, ¿qué pretende afirmar teológicamente?, ¿qué relación existe entre la narración y los acontecimientos históricos que describe?

Solo después de haber formulado estas preguntas podremos empezar a discutir con cierta seriedad sobre lo histórico, lo simbólico, lo paradigmático o lo mítico.

Evolución y creación: una tensión que quizá no tenga por qué ser una guerra. ¿Y si Dios hubiera creado mediante evolución?

 Todo esto nos lleva al punto que probablemente más inquietud genera entre los cristianos: la relación entre evolución y creación. Aquí el libro resulta especialmente interesante porque no plantea necesariamente ambas cosas como afirmaciones incompatibles.

«La posibilidad de aceptar un proceso evolutivo no tendría por qué implicar automáticamente negar que Dios sea el creador.»

Si Génesis pretende afirmar principalmente que Dios es el creador, que la creación le pertenece, que es buena, que tiene un propósito y que el ser humano ocupa en ella una posición particular, entonces la pregunta acerca del mecanismo mediante el cual se desarrollaron determinadas formas de vida puede pertenecer a un nivel diferente de discusión.

«Si Dios es realmente el creador, ¿por qué tendría que importarnos que el mecanismo utilizado haya sido instantáneo, progresivo, evolutivo o de cualquier otra naturaleza?»

Esto no resuelve todos los problemas, naturalmente. Y me parece importante señalarlo porque sería injusto presentar el libro como si hubiese solucionado definitivamente la relación entre evolución y teología. Quedan cuestiones muy complejas relacionadas con la muerte, el pecado, Adán, la caída y la interpretación de Pablo. Pero precisamente ahí encuentro interesante la propuesta: no pretende hacer desaparecer las dificultades, sino mostrar que existen formas de plantearlas sin asumir de entrada que la ciencia y la Biblia tienen que estar necesariamente enfrentadas.

Creo que este punto es fundamental porque muchas veces confundimos la teoría científica de la evolución con determinadas conclusiones filosóficas que algunos autores extraen de ella. Afirmar que existen procesos evolutivos es una cosa; afirmar que, por ello, Dios no existe es otra completamente diferente. La primera pertenece al ámbito de la explicación científica; la segunda introduce una conclusión filosófica o metafísica.

Del mismo modo, aceptar que la Tierra tiene una antigüedad de millones o miles de millones de años no implica automáticamente haber demostrado que el cristianismo es falso. El conflicto aparece cuando convertimos una determinada interpretación científica en una filosofía completa de la realidad o, en sentido contrario, cuando convertimos nuestra interpretación particular de Génesis en una teoría científica que la Biblia nunca pretendió formular.

Por eso me parece acertado que Wall busque un modelo de diálogo entre ciencia y fe. No se trata de fusionar ambas disciplinas ni de hacer que una sustituya a la otra. La ciencia puede ayudarnos a comprender mejor el mundo creado y también puede obligarnos a revisar determinadas concepciones cosmológicas que hemos incorporado a nuestra lectura de la Biblia sin darnos cuenta. Pero la ciencia tampoco puede responder por sí sola a todas las preguntas filosóficas y teológicas que los seres humanos nos hacemos acerca del sentido, el propósito, el bien, el mal o la razón última de la existencia. El diálogo, por tanto, parece mucho más fecundo que la guerra.

El verdadero problema: Adán

 La cuestión se vuelve todavía más delicada cuando llegamos a Adán y Eva. Si aceptamos la posibilidad de que la humanidad haya surgido a partir de una población y no de una única pareja que constituyera biológicamente el origen absoluto de todos los seres humanos, entonces aparecen preguntas inevitables: ¿quién fue Adán?, ¿existió históricamente?, ¿fue el primer ser humano?, ¿fue una figura representativa?, ¿cómo debemos entender el pecado original?, ¿qué hacemos entonces con la comparación que Pablo establece entre Adán y Cristo?

Me parece interesante que Wall no se precipite a responder estas preguntas sin antes preguntarse qué significa realmente "histórico". Porque podemos estar utilizando una definición moderna de historicidad para juzgar una narración que no fue escrita con nuestras categorías historiográficas. El libro recuerda que una cuestión es preguntar qué ocurrió realmente y otra distinta preguntar cómo la narración bíblica representa y explica esa realidad.

«La Biblia puede comunicar una realidad histórica sin hacerlo necesariamente mediante nuestras categorías modernas de historiografía.»

Esta distinción permite además recuperar la dimensión teológica de Adán. En Pablo, Adán aparece como figura del que había de venir, es decir, de Cristo. Por eso la importancia de Adán en el Nuevo Testamento no se limita necesariamente a establecer dónde comenzó biológicamente la especie humana, sino que adquiere una dimensión representativa y teológica. Adán encarna al ser humano que fracasa, mientras que Cristo aparece como el nuevo Adán, aquel que inaugura una nueva humanidad. Esta perspectiva no elimina las preguntas históricas, pero impide reducir toda la discusión a una cuestión de genética o cronología. Esto permite recuperar una lectura cristológica de Génesis que me parece mucho más interesante que la obsesión por establecer una cronología exacta.

El Edén como santuario y el hilo que atraviesa toda la Biblia

 Otro de los aspectos que más me ha gustado del libro es la lectura que propone del Edén. Porque Wall no se limita a preguntarse dónde estaba geográficamente. Intenta comprender qué significa teológicamente.

Estamos acostumbrados a pensar en el jardín simplemente como el lugar paradisíaco en el que vivieron Adán y Eva, pero Wall desarrolla una interpretación mucho más rica al relacionarlo con el lenguaje y las funciones del santuario. Los verbos utilizados para describir la tarea de Adán, así como diferentes elementos del relato, encuentran paralelos posteriores en las funciones sacerdotales relacionadas con el tabernáculo y el templo. Esto permite leer el Edén no solamente como un jardín, sino como un espacio sagrado en el que Dios establece su presencia y en el que el ser humano recibe una responsabilidad particular.

Esta interpretación tiene además una consecuencia muy interesante: Génesis deja de ser un relato aislado sobre los primeros seres humanos y comienza a conectarse con toda la historia bíblica. El jardín, el tabernáculo, el templo, la presencia de Dios, la expulsión, la pérdida del acceso al espacio sagrado y, finalmente, la restauración de la presencia divina aparecen como diferentes momentos de una misma historia. El libro llega a relacionar esta línea con la Nueva Jerusalén de Apocalipsis, donde la presencia de Dios vuelve a estar en medio de la humanidad.

Esta lectura me parece especialmente poderosa porque pone el centro de la discusión en otro lugar que me parece muy interesante. Génesis deja de ser simplemente un problema que tenemos que resolver para defender nuestra posición sobre la creación y vuelve a convertirse en una pieza fundamental de la teología bíblica. Ya no estamos preguntándonos únicamente cuántos años tiene la Tierra, sino qué significa que Dios haya creado, que la humanidad haya recibido una vocación, que esa relación se haya roto y que toda la historia bíblica apunte hacia la restauración.

El verdadero mensaje de Génesis puede ser mucho más grande que el "cómo"

 Y quizá aquí es donde encuentro el núcleo más importante de todo el libro. La discusión acerca de la creación ha quedado muchas veces atrapada en el "cómo": ¿cómo creó Dios?, ¿cuánto tardó?, ¿qué mecanismos utilizó?, ¿cuántos años tiene la Tierra?, ¿cómo debemos entender los días de Génesis?, ¿qué ocurrió exactamente con las especies?

Pero el libro invita a plantear otra pregunta: ¿por qué creó Dios y para qué creó? No en el sentido de negar el "cómo", sino en el sentido de reconocer que:

«quizá Génesis está interesado en preguntas mucho más profundas que las que nosotros estamos intentando extraer de él.»

La conclusión del libro insiste en que la creación es algo sagrado para Dios, que es presentada positivamente como buena y ordenada, y que el séptimo día representa el estado de paz y armonía bajo el gobierno divino. La creación no es simplemente un escenario físico donde ocurren acontecimientos humanos; es el mundo que pertenece a Dios y que tiene un propósito.

El diluvio tampoco queda reducido a una discusión geológica

Algo parecido ocurre con el diluvio. El libro dedica un espacio considerable a preguntarse qué significa hablar de un "diluvio universal" y qué universo se tenía en mente en el mundo antiguo. Esta pregunta puede parecer secundaria, pero en realidad vuelve a tocar el problema fundamental:

¿Estamos leyendo el texto desde nuestro mapa mental o desde el mapa mental del mundo bíblico?

El libro amplía además el análisis hacia otros textos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento relacionados con creación y destrucción. Esto es importante porque evita estudiar Génesis de forma aislada. La creación, la destrucción y la restauración aparecen como grandes movimientos de una misma historia bíblica. Eso desemboca finalmente en la nueva creación.

 Y esto cambia completamente la perspectiva. Durante mucho tiempo hemos discutido si la Tierra tiene seis mil años o miles de millones de años, si los días fueron literales o simbólicos, si Adán fue el primer individuo biológico de nuestra especie o si el diluvio cubrió literalmente todo el planeta. Son preguntas legítimas y algunas de ellas tienen importantes consecuencias teológicas, pero quizá no constituyen el centro del mensaje de Génesis. El centro puede encontrarse en algo mucho más grande: quién es Dios, qué clase de mundo ha creado, qué significa ser humano, qué ha salido mal y qué pretende hacer Dios con una creación que, según el relato bíblico, sigue siendo suya.

Una creación que necesita restauración

 Esta perspectiva me parece particularmente interesante porque permite conectar Génesis con el resto de la historia bíblica. La creación es buena, pero la creación ha quedado sometida al desorden. El Edén representa un espacio de comunión y presencia divina, pero el ser humano es expulsado. El diluvio aparece como una especie de juicio que vuelve a introducir el caos, pero después aparece nuevamente una restauración. La historia bíblica continúa desarrollándose hasta llegar a Cristo y, finalmente, a la nueva creación.

De esta manera, Génesis no sería simplemente el relato de "cómo empezó todo", sino el comienzo de una historia mucho más amplia acerca de la relación entre Dios, la humanidad y la creación. El final de la Biblia vuelve a plantear precisamente el problema de la presencia de Dios con la humanidad y la restauración de todas las cosas. En este sentido, el libro consigue algo que considero muy valioso: leer Génesis no como una pieza arqueológica que tenemos que defender frente a la ciencia moderna, sino como el primer capítulo de una historia teológica que atraviesa toda la Escritura.

¿Dos libros de Dios?

Aquí aparece otra imagen muy sugerente del libro: la metáfora de los "dos libros de Dios". La idea parte de reconocer que Dios se revela en la Escritura, pero también que el mundo creado puede ser estudiado. El problema aparece cuando uno de los dos pretende convertirse en autoridad absoluta para responder preguntas que pertenecen al otro. La ciencia no puede convertirse en teología. Pero la teología tampoco debería convertirse en una pseudociencia. Y ambos campos necesitan humildad.

Wall recuerda una idea atribuida a Agustín especialmente pertinente para este debate: no deberíamos aferrarnos precipitadamente a una interpretación de pasajes oscuros de la Escritura, porque un estudio posterior podría mostrar que nuestra interpretación era equivocada. Me parece una actitud extraordinariamente sana.

Lo que más valoro de este libro

 Después de terminarlo en estos días de agosto, creo que una de las cosas que más valoro es que no trata al lector como alguien que necesita recibir una respuesta rápida. Wall presenta posiciones diferentes, explica sus presupuestos, muestra sus dificultades y conduce al lector hacia una conclusión sin ocultar que algunas cuestiones siguen abiertas. Eso exige más esfuerzo que un libro que simplemente nos dice qué debemos pensar, pero también resulta mucho más estimulante intelectualmente.

Valoro especialmente el esfuerzo por recuperar el contexto histórico y cultural de Génesis, porque creo que es algo que con frecuencia olvidamos. Me trajo recuerdos de mis épocas universitarias (¡qué años aquellos!) en el Campus de Ourense cursando la licenciatura en Historia, donde una de mis asignaturas optativas favoritas fue "Historia de las Religiones Antiguas", en la cual también me sumergía en estas cosmologías de dioses y culturas antiguas, principalmente de Egipto y el cercano Oriente.

Todo esto me trae a la conclusión que:

«La Biblia no cayó del cielo en forma de un tratado moderno. Fue escrita dentro de culturas concretas, utilizando lenguas concretas, géneros literarios concretos y categorías de pensamiento concretas.»

Reconocer esto no significa relativizar la Escritura; significa tomarse en serio la naturaleza histórica de la revelación.

También valoro que el libro obligue a distinguir entre Biblia e interpretación bíblica. Esta diferencia es fundamental. Decir "la Biblia enseña X" y decir "yo interpreto que este pasaje significa X" no siempre es exactamente lo mismo. Durante siglos, los cristianos han discutido entre ellos precisamente porque existen diferentes maneras de interpretar determinados textos. Reconocerlo no debería llevarnos al relativismo, sino a una mayor humildad hermenéutica.

«Por encima de todo valoro que el libro me haya recordado que la fe cristiana no debería tener miedo de pensar. Tenemos que ser capaces de entrar en conversaciones difíciles sin sentir que cada pregunta es una amenaza.»

Podemos investigar la ciencia, estudiar la historia, comparar textos del antiguo Oriente, revisar nuestras interpretaciones y reconocer que algunas cosas no las sabemos con certeza absoluta sin que todo eso implique abandonar a Cristo.

Algunas reservas y aspectos discutibles

 Precisamente porque mi valoración del libro es positiva, tampoco creo que debamos convertirlo en una especie de respuesta definitiva a todas las cuestiones relacionadas con Génesis. Hay propuestas que me parecen muy sugerentes y otras que considero más discutibles. En particular, las interpretaciones basadas en la cosmología antigua deben manejarse con cierta prudencia. Que encontremos paralelos significativos entre Génesis y otras culturas del antiguo Oriente es extraordinariamente útil para comprender el contexto, pero la existencia de paralelos no demuestra automáticamente una dependencia literaria directa ni resuelve por sí misma todas las cuestiones sobre historicidad.

El propio libro reconoce algunas de las críticas que se han formulado contra esta interpretación, especialmente el riesgo de enfatizar demasiado las funciones frente a la materialidad, de depender excesivamente de los textos del antiguo Oriente o de relegar la cuestión histórica. Por eso creo que lo más adecuado es leer estas propuestas como herramientas hermenéuticas que nos ayudan a ampliar nuestra comprensión, no como nuevas ortodoxias que simplemente sustituyan a las anteriores.

También creo que cuestiones como Adán, la muerte antes de la caída, el pecado original y la relación entre evolución y teología siguen necesitando mucha más discusión. El libro abre puertas interesantes, pero abrir una puerta no significa haber recorrido ya todo el camino. Y precisamente por eso me parece un libro valioso: porque después de leerlo uno tiene más preguntas que antes, pero son preguntas mejores.

Una fe suficientemente madura para poder hacerse preguntas

 Al terminar este libro me queda una convicción bastante clara: quizá una de las señales de madurez cristiana sea precisamente la capacidad de entrar en preguntas difíciles sin sentir que nuestra fe tiene que derrumbarse cada vez que encontramos algo que no sabemos explicar.

Durante mucho tiempo pensé que determinados temas eran peligrosos para la fe y que quizá era mejor no entrar demasiado en ellos. Pero cada vez estoy menos convencido de eso. El verdadero peligro no está necesariamente en preguntar. 

El verdadero peligro puede estar en construir una fe tan dependiente de determinadas interpretaciones que cualquier cuestionamiento de ellas parezca automáticamente un cuestionamiento de Dios.

Una cosa es abandonar una interpretación concreta de Génesis y otra muy diferente abandonar la fe cristiana. Una cosa es aceptar que la Tierra tiene una antigüedad enorme y otra concluir que Dios no existe. Una cosa es estudiar la evolución como explicación científica y otra aceptar el materialismo filosófico como consecuencia necesaria de ella. Una cosa es reconocer que determinadas cuestiones de Génesis son más complejas de lo que pensábamos y otra afirmar que la Biblia carece de autoridad.

Necesitamos aprender a distinguir. Y quizá esa distinción sea precisamente una de las tareas de una fe madura.

Una valoración final

 Mi valoración del libro de Marcelo Wall es, por tanto, claramente positiva. No porque considere que haya respondido definitivamente a todas las preguntas sobre Génesis, sino porque consigue algo que me parece incluso más importante: nos obliga a volver al texto con una mirada menos condicionada por nuestras propias categorías y a reconocer que la discusión sobre los orígenes es mucho más profunda que la vieja batalla entre creacionismo y evolucionismo.

Génesis: creación, Edén y diluvio es un libro para leer despacio. No es un libro de respuestas rápidas ni pretende convertir una cuestión compleja en una fórmula sencilla. Es una invitación a estudiar, comparar, cuestionar y, sobre todo, a recuperar la capacidad de dialogar. Su propuesta de acercamiento entre Biblia y ciencia no consiste en sacrificar la Escritura para hacerla compatible con la ciencia moderna, ni en negar la ciencia para proteger una determinada lectura literalista de Génesis. Consiste en preguntarnos primero qué quiso comunicar el texto y qué preguntas estaba intentando responder.

Y aquí es donde, personalmente, encuentro su mayor valor. La evolución y la enorme antigüedad de la Tierra no tienen por qué invalidar el relato bíblico si comprendemos que Génesis puede estar interesado en transmitir algo mucho más profundo que una explicación científica del mecanismo mediante el cual surgió el universo. Puede estar hablando del propósito de la creación, de su bondad, de su carácter sagrado, del lugar del ser humano, de nuestra responsabilidad, de la ruptura producida por el pecado y de la necesidad de restauración.

En otras palabras, quizá Génesis no esté respondiendo únicamente a la pregunta de cómo creó Dios, sino también, y de manera mucho más profunda, a las preguntas de por qué y para qué.

Y eso cambia considerablemente la conversación.

Después de leer el libro, sigo teniendo preguntas. De hecho, probablemente tenga más que antes. Pero no considero que eso sea un problema. Al contrario, creo que es una de las mejores cosas que puede conseguir un buen libro: no cerrar prematuramente una cuestión, sino abrir delante de nosotros un horizonte más amplio.

«Una fe que necesita evitar las preguntas para sobrevivir es una fe frágil. Pero una fe que puede atravesar preguntas difíciles, dialogar con la ciencia, revisar sus interpretaciones y enfrentarse honestamente a aquello que no sabe sin abandonar por ello su confianza en Dios puede ser, paradójicamente, una fe mucho más sólida.»

Y esa es quizá la impresión que me queda después de leer a Marcelo Wall: no me ha hecho creer menos; me ha hecho pensar más. Y en un tiempo en el que tantas veces confundimos la fidelidad con la seguridad absoluta de nuestras propias interpretaciones, no me parece un mérito menor. Me parece, sencillamente, una buena razón para leer este libro.

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Escatolocura: Cuando cualquier guerra parece anunciar el fin del mundo

  Escatolocura Cuando cualquier guerra parece anunciar el fin del mundo Hay enfermedades que no aparecen en los manuales de medicina porque no afectan al cuerpo, sino a la manera de mirar la realidad. No provocan fiebre, ni dejan cicatrices visibles, ni pueden detectarse mediante una resonancia magnética. Sin embargo, alteran profundamente la forma de pensar de quien las padece. Una de ellas —si se me permite el neologismo— podría llamarse escatolocura. No me refiero, por supuesto, al estudio serio de la escatología. La esperanza en el regreso de Cristo forma parte esencial de la fe cristiana y ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes. Hablo de otra cosa. Hablo de esa obsesión que convierte cualquier acontecimiento internacional en una supuesta confirmación del fin del mundo; de esa necesidad casi compulsiva de encontrar en cada guerra, cada terremoto, cada eclipse o cada crisis económica una nueva prueba de que el Apocalipsis acaba de comenzar. Todos hemos conocido a algu...

ERE - Bloque 3: JESÚS: VIDA Y MINISTERIO

   ERE - Bloque 3 Secundaria JESÚCRISTO, VIDA Y MINISTERIO 1. ETAPAS EN LA VIDA DE JESÚS 📝 UD JESÚS (Maxi) - Libro del Alumno 📝 UD JESÚS (Maxi) - Libro del Maestro 💻   ETAPAS VIDA DE JESÚS - Visual Genially 📝  LE LLAMAN JESÚS (UNIDAD DIDÁCTICA en PDF) 📝  ACEPTAD@ (UNIDAD DIDÁCTICA en PDF) 2. NACIMIENTO DE JESÚS "Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad." Miqueas 5: 2 PALESTINA EN EL SIGLO I Palestina es un pequeño país situado a orillas del mar Mediterráneo. El río Jordán lo cruza de Norte a Sur y forma un valle muy fértil. El clima es mediterráneo: el invierno es suave pero el verano es muy caluroso y seco. Tiene variedad de paisajes: altas montañas, costas, llanuras, valles y desierto. Jerusalén es la ciudad más importante, por ser la capital religiosa y política; en ella está el Templo. En época de...

Película "LA CABAÑA" (The Shack / 2017), ¿Se puede perdonar lo imperdonable?

Película "LA CABAÑA" (The Shack / 2017), ¿Se puede perdonar lo imperdonable? Hace ya algunos años que vi La cabaña ( The Shack , 2017), la película dirigida por Stuart Hazeldine y basada en la novela de William P. Young. Recuerdo que, en su momento, me dejó pensando. No tanto por sus cualidades cinematográficas —que las tiene— como por las preguntas que plantea . En casa y en familia, la disfrutamos y hasta nos emocionó en varios momentos, nos dejó un buen sabor de boca.  Este pasado mes de junio he vuelto a encontrarme con ella, pero esta vez desde un lugar diferente: como profesor de Religión Evangélica. La he utilizado con mis alumnos de Secundaria a modo de cinefórum, acompañándola con algunas fichas de trabajo para analizar sus temas, plantear preguntas y, sobre todo, intentar extraer aquello que pudiera resultar positivo desde una perspectiva cristiana. Y la experiencia ha sido, en general, muy buena. A los alumnos les sorprendieron algunas de las decisiones crea...

La industria evangélica del miedo. Cuando el miedo vende mejor que el Evangelio.

  La industria evangélica del miedo Cómo algunos púlpitos aprendieron que el miedo vende mejor que el Evangelio Hay una pregunta que me ha acompañado durante años y que nunca he conseguido apartar del todo. ¿Por qué tantos cristianos viven con miedo? No me refiero al temor reverente del que hablan las Escrituras ni a la incertidumbre que cualquier ser humano experimenta frente al dolor, la enfermedad o la muerte. Hablo de otro miedo. Uno más difuso, más persistente y, sobre todo, más cultivado. El miedo a quedarse atrás cuando Cristo regrese. El miedo a no haber interpretado correctamente las profecías . El miedo a que cualquier acontecimiento internacional sea la antesala de la gran tribulación. El miedo a un mundo que parece avanzar inexorablemente hacia el caos y en el que cada titular del informativo podría esconder una nueva señal del fin. Lo inquietante no es que ese miedo exista. Lo verdaderamente preocupante es comprobar hasta qué punto ha llegado a normalizarse dentro...

¿Quién secuestró el Evangelio? Cuando Cristo desaparece detrás de una bandera

¿Quién secuestró el Evangelio? Hay una imagen que se repite con una frecuencia casi litúrgica en una parte del mundo evangélico contemporáneo. El creyente llega a la iglesia esperando escuchar hablar de Jesucristo, del Reino de Dios, del perdón, de la cruz o de la esperanza cristiana. Sin embargo, una hora después sale con la sensación de haber asistido a un análisis geopolítico sobre Oriente Medio. Se ha hablado de Irán, de Rusia, del último movimiento diplomático de Estados Unidos, de la reconstrucción del tercer templo, del Anticristo, de Gog y Magog, de la ONU o del supuesto reloj profético que avanza inexorablemente hacia el fin del mundo. Cristo ha aparecido, sí, pero casi siempre como un personaje secundario dentro de una narración cuyo verdadero protagonista parece ser otro . La pregunta, por incómoda que resulte, merece ser formulada sin rodeos: ¿en qué momento el Evangelio dejó de girar alrededor de Cristo para empezar a girar alrededor de un mapa? No es una exageración retór...

ERE - Bloque 4: HISTORIA DEL CRISTIANISMO

  ERE - Bloque 4 Secundaria HISTORIA DEL CRISTIANISMO DE PENTECOSTÉS A LA REFORMA PROTESTANTE 1. 🕊️​🔥​PENTECOSTÉS: PODER QUE TRANSFORMA. 📝 EL PODER QUE TRANSFORMA (UNIDAD DIDÁCTICA en PDF)    💻 EL PODER QUE TRANSFORMA (presentación)     2. Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. ¿Te sucedió alguna vez? Estar tan cómod@ que te quedas dormid@... Y se hace tarde para ir a clase, o te pierdes una excursión, o un partido? O tal vez eliges quedarte, y dejar los planes que tenías para otro día, para más adelante, para… un futuro indefinido. Jesús ordenó a sus discípulos: Recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra. (Hechos 1:8) ¿Qué hubieras hecho tú en el lugar de los discípulos de Jesús, al escuchar este mandato? ___________________________________________________________________________ ¿Qué crees que hicieron ellos? ___________...