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UNA HABITACIÓN PARA DIOS: CUANDO LA FE PREPARA EL MILAGRO


UNA HABITACIÓN PARA DIOS: CUANDO LA FE PREPARA EL MILAGRO

Eliseo, la sunamita y la fe que aprende a hacerle espacio a la presencia de Dios

Hay historias bíblicas que conocemos desde hace tantos años, pero Dios siempre tiene algo nuevo para hablarnos. La historia de Eliseo y la mujer sunamita es en una de ellas. Sabemos que una mujer recibió un hijo después de muchos años de espera, sabemos que aquel hijo murió inesperadamente y sabemos también que Dios intervino de una manera extraordinaria para devolverle la vida. Pero cuando volvemos al principio del relato y dejamos de mirar únicamente hacia el milagro final, descubrimos que la historia había comenzado mucho antes, en una casa y en el corazón de una mujer que supo reconocer algo que otros quizá habrían pasado por alto.

Eliseo pasaba por Sunem y allí vivía una mujer a la que la Escritura presenta como una mujer importante. Tenía recursos, era conocida en su entorno y estaba casada con un hombre de edad avanzada. Aparentemente, no era una persona que necesitara demasiado de los demás; sin embargo, su vida tenía una carencia que ninguna posición social, ningún recurso económico ni ningún reconocimiento podían solucionar. No tenía hijos. Y precisamente en medio de esa vida aparentemente resuelta aparece Eliseo.

Ella comenzó invitándolo a comer cada vez que pasaba por allí. No fue un gesto aislado ni una cortesía de esas que hacemos una vez y después olvidamos. El texto dice que lo invitaba insistentemente, hasta que aquella hospitalidad terminó convirtiéndose en una relación habitual. En algún momento la mujer comprendió que no estaba simplemente recibiendo en su casa a un viajero o a un personaje conocido, sino a un hombre de Dios, y así se lo explicó a su marido: 

«Yo entiendo que este que siempre pasa por nuestra casa es varón santo de Dios» (2 Reyes 4:9).

Me llama especialmente la atención esa capacidad para reconocer lo que estaba sucediendo delante de ella. No sabemos cuánto tiempo llevaba Eliseo pasando por Sunem, ni qué detalles concretos observó aquella mujer para llegar a esa conclusión, pero sí sabemos que fue capaz de discernir que había algo diferente en aquel hombre. Su sensibilidad espiritual le permitió ver más allá de las apariencias y entender que estaba delante de alguien que pertenecía a Dios.

Y quizá esa sea la primera lección que nos ofrece esta mujer. En una época en la que estamos constantemente rodeados de voces, mensajes, opiniones y estímulos, necesitamos aprender nuevamente a discernir. No todo lo que pasa delante de nuestros ojos tiene el mismo valor y no toda persona que entra en nuestra vida ocupa el mismo lugar. 

Hay ocasiones en las que Dios se acerca a nosotros de maneras mucho más sencillas de lo que esperábamos, y si estamos demasiado distraídos con nuestras propias preocupaciones podemos pasar de largo sin reconocerlo.

La sunamita no lo hizo. Ella vio, reconoció y respondió.

Una casa abierta también puede convertirse en un lugar de servicio

La primera característica que encontramos en ella es, por tanto, la hospitalidad. Eliseo no era recibido de manera accidental; aquella mujer había decidido abrir las puertas de su casa. Y esto, aunque pueda parecer un detalle pequeño, tiene una importancia considerable dentro de la historia porque nos muestra que la fe de esta mujer no se expresaba únicamente en pensamientos o palabras, sino también en la manera en que utilizaba aquello que tenía.

La casa era suya, sus recursos eran suyos y su tiempo también le pertenecía, pero decidió ponerlos al servicio de algo que había reconocido como valioso. En la prédica me preguntaba precisamente si hemos convertido nuestras casas en una especie de fortaleza en la que nadie puede entrar, o si todavía existe en nosotros la disposición de abrirlas para servir al Señor y a quienes Él pone en nuestro camino. Esa pregunta sigue teniendo sentido porque nuestra manera de entender la fe puede volverse extraordinariamente individualista. Queremos que Dios transforme nuestra vida, pero a veces no queremos que nuestra vida tenga demasiado contacto con los demás.

La hospitalidad cristiana rompe precisamente esa lógica. Una casa abierta no es solamente un espacio físico donde alguien puede sentarse a comer; puede convertirse en un lugar de descanso, de conversación, de oración, de consuelo y de servicio. La sunamita entendió que tenía algo que podía ofrecer y no esperó a que alguien se lo exigiera. Sencillamente lo puso a disposición.

Algo parecido encontramos en el Nuevo Testamento en la casa de Marta, María y Lázaro, donde Jesús era recibido con afecto y honra. También resulta significativa la escena de Lucas 7, cuando Jesús entra en casa de Simón el fariseo y contrasta la actitud de aquel hombre con la de la mujer que se acerca a Él con lágrimas, perfume y una reverencia que Simón no había mostrado. No se trata simplemente de buenos modales; detrás de aquellas acciones existe una determinada manera de valorar la presencia de Jesús.

La forma en que tratamos aquello que consideramos santo termina revelando lo que realmente pensamos acerca de ello.

Y esto nos conduce al siguiente paso de la historia, porque la sunamita no quiso conformarse con recibir a Eliseo de vez en cuando. Después de haberlo tratado con hospitalidad, habló con su marido y propuso algo que suponía un compromiso mayor: 

«Hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él» (2 Reyes 4:10).

Es difícil encontrar una imagen más sencilla y, al mismo tiempo, más sugerente que aquella habitación. No estaba construyendo un templo. No estaba levantando un monumento. No estaba haciendo algo espectacular que pudiera impresionar a nadie. Estaba preparando una habitación con una cama, una mesa, una silla y un candelero para que, cuando el hombre de Dios regresara, pudiera quedarse.

No conformarse con una simple visitación

Aquí aparece el corazón de este relato que compartí a modo de prédica hace un tiempo y, probablemente, la razón por la que el relato me ha resultado siempre tan significativo. La mujer no quería simplemente que Eliseo pasara por su casa; quería que tuviera un lugar donde pudiera quedarse. Había una diferencia entre recibir una visita y preparar una habitación, y esa diferencia puede trasladarse fácilmente a nuestra relación con Dios.

Hay creyentes que pasan buena parte de su vida buscando momentos puntuales con Dios. Quieren sentir su presencia en un culto, recibir una palabra que los anime cuando atraviesan una dificultad, experimentar una respuesta a una oración o vivir alguna experiencia espiritual que les permita decir que Dios estuvo allí. No hay nada malo en desear la presencia de Dios, por supuesto, pero existe una diferencia entre buscar ocasionalmente una experiencia con Él y construir una vida en la que su presencia tenga un lugar permanente.

La sunamita parece entender esa diferencia de una manera muy práctica. Si Eliseo era un hombre de Dios, entonces no quería que su relación con él dependiera de la casualidad de sus viajes por la región. Quería preparar un lugar para que, cuando regresara, encontrara una casa donde pudiera descansar.

Cuando pienso en esto aplicado a nuestra vida espiritual, la pregunta deja de ser si alguna vez hemos tenido una experiencia con Dios y pasa a ser mucho más profunda: ¿hemos preparado un lugar para Dios en nuestra vida?

No me refiero únicamente a reservar unos minutos para orar, aunque también eso sea importante. Hablo de algo mucho más amplio: de nuestras prioridades, de nuestras decisiones, de aquello que ocupa nuestra atención, de la manera en que organizamos nuestro tiempo y de la disposición que tenemos para permitir que Dios cuestione aquello que nosotros preferiríamos mantener intacto.

Porque es relativamente sencillo abrir la puerta durante un momento. Lo difícil es preparar una habitación.

Una visita puede recibirse sin cambiar demasiado nuestra vida; una habitación, en cambio, exige reorganizar el espacio. Hay que decidir dónde colocar las cosas, qué sitio se reserva para el huésped y qué comodidades estamos dispuestos a ofrecer. Espiritualmente sucede algo parecido. Podemos decir que Dios es importante para nosotros y, sin embargo, mantener nuestra vida tan llena de otras cosas que en la práctica nunca hemos reservado un verdadero espacio para Él.

La sunamita hizo algo diferente. Su honra tomó una forma concreta.

Y aquí aparece también una comparación que estaba presente en la prédica y que me parece especialmente hermosa: David hizo algo parecido cuando preparó un lugar para el arca del pacto. No era simplemente una cuestión de construir una estructura adecuada, sino de crear alrededor de ella un ambiente de adoración continua. El Salmo 22:3 expresa esa conocida imagen de Dios habitando en medio de las alabanzas de su pueblo. La idea que atraviesa ambas historias es que la presencia de Dios no debe tratarse como algo que aparece ocasionalmente para desaparecer después, sino como el centro alrededor del cual se ordena la vida.

Por eso la exhortación de la sunamita sigue siendo válida como imagen espiritual: no deberíamos conformarnos con una simple visitación cuando Dios nos llama a una relación mucho más profunda con Él.

Cuando buscamos a Dios sin ponerle precio a nuestra búsqueda

Hay otro aspecto de esta mujer que quizá sea todavía más importante. Ella no preparó aquella habitación para conseguir un milagro. No sabía que iba a recibir un hijo. No había hecho un pacto con Eliseo. No había pensado: «Si construyo una habitación para este hombre, quizá Dios me conceda aquello que llevo tantos años deseando». Su motivación era mucho más sencilla: había reconocido quién era Eliseo y quería honrarlo.

Esto es importante porque resulta muy fácil transformar nuestra relación con Dios en una especie de intercambio. Buscamos al Señor cuando necesitamos algo, oramos cuando tenemos un problema y nos acercamos a Él con mayor intensidad cuando esperamos una respuesta concreta. Pero ¿qué sucede cuando no tenemos nada que pedir? ¿Seguimos queriendo estar cerca de Él cuando no hay un milagro que perseguir?

La sunamita nos muestra una relación diferente. Ella quiso a Dios antes de saber lo que Dios podía hacer por ella.

Resulta muy fácil transformar nuestra relación con Dios en una especie de intercambio. Buscamos al Señor cuando necesitamos algo. La sunamita muestra una relación diferente. Ella quiso a Dios antes de saber lo que Dios podía hacer por ella.

Y precisamente entonces sucede algo extraordinario. Eliseo, consciente de todo el cuidado que aquella mujer había tenido con él, pregunta qué podía hacer por ella. Le ofrece incluso la posibilidad de hablar a su favor ante el rey o ante el jefe del ejército. Sin embargo, ella responde: «Yo habito en medio de mi pueblo».

No está haciendo una lista de peticiones. No está intentando sacar provecho de la situación. No parece haber utilizado su hospitalidad como una inversión de la que esperaba obtener dividendos espirituales.

Pero Giezi, el criado de Eliseo, conocía la situación y señaló aquello que la mujer no había mencionado: no tenía hijo y su marido era viejo.

Entonces Eliseo la llama y le anuncia algo que probablemente aquella mujer había aprendido a no esperar. «El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo».

La reacción de la sunamita es profundamente humana: «No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva» (2 Reyes 4:16). Después de tantos años, aquella promesa podía resultar demasiado hermosa para atreverse a creerla inmediatamente. Hay deseos que, después de haber esperado demasiado tiempo, aprendemos a esconder para protegernos de la decepción, y cuando alguien vuelve a ponerlos delante de nosotros no sabemos si abrazarlos o mantenerlos a distancia.

Pero la promesa se cumplió. Al año siguiente, exactamente en el tiempo anunciado por Eliseo, nació el niño.

Y aquí podríamos pensar que la historia ha llegado a su final feliz. La mujer había recibido aquello que quizá había deseado durante toda su vida; el profeta había cumplido su palabra; el niño había llegado y aquella casa que había abierto sus puertas al hombre de Dios se había llenado finalmente de una alegría que parecía imposible.

Pero la historia no termina ahí. De hecho, lo que viene después es lo que convierte este relato en una historia de fe mucho más profunda que cualquier relato sencillo de bendición.

La promesa que un día parece morir

El niño creció y llegó un día en que acompañó a su padre al campo. Allí comenzó a sentirse mal y su padre ordenó que lo llevaran con su madre. El muchacho permaneció sobre las rodillas de aquella mujer y murió.

Es difícil imaginar un contraste más doloroso. Aquel niño había sido anunciado como una promesa cuando ella ya no esperaba tenerlo; había llegado a su vida de una manera extraordinaria y ahora, inesperadamente, se encontraba muerto en sus brazos.

Y aquí la historia toca una experiencia que muchos creyentes conocen, aunque no siempre sepan cómo expresarla: 

¿Qué hacemos cuando aquello que Dios permitió que llegara a nuestra vida parece desaparecer?

Esperar una promesa ya es una prueba de fe. Vivir durante años confiando en que algo sucederá exige paciencia, perseverancia y una confianza que no siempre resulta sencilla. Pero existe otra clase de prueba, mucho más desconcertante: aquella en la que después de haber recibido lo que tanto esperabas, tienes que contemplar cómo eso mismo parece escaparse de tus manos.

La sunamita había preparado una habitación para Eliseo, había honrado al hombre de Dios, había recibido una promesa que nunca había pedido y había abrazado finalmente al hijo que parecía imposible. Ahora aquel milagro estaba muerto sobre sus rodillas.

En momentos así es muy fácil interpretar las circunstancias como una burla de Dios. Podemos pensar: «¿Por qué me diste esto si ibas a quitármelo? ¿Por qué permitiste que llegara aquello que tanto deseaba para después hacerme pasar por este dolor?». Es precisamente en ese punto donde la fe deja de ser una palabra bonita y se convierte en una decisión interior mucho más profunda.

La sunamita todavía no conoce el final de su historia. No sabe que su hijo volverá a vivir. No sabe qué hará Eliseo. No sabe cómo responderá Dios. Lo único que sabe es que no está dispuesta a tratar aquella promesa como algo definitivamente perdido.

Por eso, en lugar de preparar una sepultura para su hijo, lo lleva a la habitación que había construido años atrás para Eliseo y lo coloca sobre la cama del profeta. Y ese gesto abre la puerta a la parte más poderosa de toda la historia.

Porque cuando la vida parece decirte que aquello que recibiste de Dios ha llegado a su final, todavía queda una decisión que solamente tú puedes tomar: decidir qué haces con aquello que ya no puedes solucionar por tus propias fuerzas.

La sunamita decidió llevarlo de nuevo al lugar que había preparado para Dios. Y desde allí comienza la verdadera prueba de su fe.

La escena cambia completamente. El niño que había llegado como respuesta a una promesa ahora está muerto sobre las rodillas de su madre. No hay manera de suavizar lo que está ocurriendo en aquel momento. La mujer había esperado durante años, había recibido algo que probablemente había dejado de esperar y había aprendido a disfrutar de aquella bendición. Ahora, sin previo aviso, aquello que había llegado a su vida de una manera tan extraordinaria parecía haberse convertido en una pérdida definitiva.

Es precisamente en situaciones así donde nuestra fe deja de ser una cuestión teórica. Mientras todo marcha bien, es relativamente sencillo hablar de confianza, de propósito y de las promesas de Dios. Podemos cantar sobre ellas, predicarlas y repetirlas con convicción. Pero cuando aquello que creíamos haber recibido de Dios se encuentra delante de nosotros sin vida, cuando una oración parece haber quedado sin respuesta o cuando una situación que parecía encaminada termina tomando un rumbo completamente distinto, entonces descubrimos cuánto de nuestra confianza estaba realmente depositada en Dios y cuánto dependía de que las cosas salieran como nosotros esperábamos.

La sunamita se encontraba precisamente allí. Había hecho todo lo que había estado a su alcance, había recibido una promesa y había visto cumplirse aquella promesa. Sin embargo, ahora tenía delante de sí una situación que no podía explicar. El hijo que Dios le había concedido había muerto en sus brazos.

Y, sin embargo, hay algo que la mujer no hizo: No preparó una sepultura.

No entierres demasiado pronto aquello que todavía estás llevando a Dios

La decisión de la sunamita resulta extraordinaria precisamente porque, humanamente hablando, parecía que ya no había nada que hacer. El niño había muerto y la reacción más lógica habría sido comenzar inmediatamente con los preparativos propios de un entierro. Pero ella tomó al muchacho, subió a la habitación que años atrás había preparado para Eliseo y lo colocó sobre la cama del profeta.

Aquella habitación vuelve a aparecer en la historia, pero ahora tiene un significado completamente distinto. Años antes había sido preparada como un lugar de honra, descanso y hospitalidad; ahora se convierte en el lugar donde una madre deposita aquello que ya no puede solucionar por sí misma.

Y creo que aquí hay una imagen espiritual muy poderosa. Hay momentos en los que no sabemos qué hacer con aquello que nos está ocurriendo, pero todavía podemos decidir dónde llevarlo. La sunamita no tenía una explicación para la muerte de su hijo, pero sabía dónde quería ponerlo. No sabía cómo Dios iba a resolver aquella situación, pero se negó a tomar una decisión definitiva sobre ella antes de volver al lugar donde había conocido la intervención de Dios.

Por eso me parece tan importante la expresión que resalto en la prédica, "no entierres demasiado pronto aquello que todavía estás llevando a Dios."

Esto no significa negar la realidad, fingir que nada ha ocurrido o llamar «fe» a la incapacidad de aceptar una situación dolorosa. La sunamita sabía perfectamente que su hijo había muerto. No estaba viviendo una fantasía. Lo que hizo fue negarse a considerar que la muerte fuera necesariamente la última palabra de aquella historia antes de acudir al hombre de Dios.

Hay una diferencia entre negar una realidad y llevar esa realidad delante de Dios. La fe bíblica no consiste en cerrar los ojos ante el dolor, sino en negarse a pensar que el dolor tiene siempre la última palabra. 

Job lo expresó de una manera estremecedora cuando, después de haberlo perdido prácticamente todo, pudo afirmar: «Yo sé que mi Redentor vive» (Job 19:25). No estaba pronunciando esas palabras desde una vida cómoda, sino desde el sufrimiento. Precisamente por eso tienen tanto peso.

La fe que únicamente funciona cuando todo está bien todavía no ha sido puesta realmente a prueba. La sunamita había llegado a ese lugar.

«Paz»: la respuesta que no significa que no haya dolor

Después de colocar al niño sobre la cama de Eliseo, la mujer llamó a su marido y le pidió que preparara un criado y una de las asnas, porque quería ir rápidamente a buscar al profeta. Su marido, naturalmente, no entendía por qué tenía que ir precisamente aquel día, pero ella respondió con una palabra que puede resultar desconcertante: «Paz».

Más adelante ocurre algo parecido cuando Giezi sale a su encuentro y le pregunta si está bien, si su marido está bien y si el niño está bien. Nuevamente, la respuesta de la mujer es: «Bien».

¿Cómo puede una madre que acaba de perder a su hijo responder de esa manera?

Aquí conviene tener cuidado, porque sería fácil convertir este pasaje en una especie de enseñanza superficial según la cual el creyente nunca debe reconocer su dolor delante de nadie. La propia historia demuestra que no es así. Cuando la mujer llega delante de Eliseo, finalmente expresa toda la angustia que llevaba dentro. No estaba fingiendo que no le dolía. No estaba diciendo que la muerte de su hijo no importaba. Lo que estaba haciendo era dirigirse hacia el único lugar en el que creía que podía encontrar una respuesta.

En ocasiones, cuando atravesamos una crisis, cometemos el error de abrir nuestro corazón indiscriminadamente a personas que no pueden ayudarnos. 

No todo el mundo necesita conocer todos nuestros problemas, y no todos los consejos que recibimos en momentos de vulnerabilidad son buenos para nuestra vida. 

Hay personas que, con la mejor intención, pueden aumentar nuestra angustia, alimentar nuestro miedo o empujarnos hacia conclusiones que no tienen ningún fundamento.

La sunamita parece entender que aquel no era el momento de detenerse por el camino a explicar su tragedia a todo el mundo. Ella tenía un destino claro: el Carmelo, donde estaba Eliseo. No estaba huyendo del problema. Estaba buscando a quién llevarle el problema. Y esa diferencia es fundamental.

Cuando estás decepcionado con Dios, sigue yendo hacia Dios

Quizá uno de los aspectos más humanos de esta historia sea precisamente la decepción de la mujer. Cuando finalmente se encuentra con Eliseo, se aferra a sus pies y deja salir aquello que probablemente llevaba dentro desde que el niño murió. Sus palabras revelan que la promesa recibida se había convertido ahora en una pregunta que no sabía responder:

«¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo que no me burlases?».

Es una frase tremendamente humana. En otras palabras, parece estar diciéndole: Yo no te pedí esto. Yo no estaba persiguiendo un milagro. Tú fuiste quien puso esta esperanza delante de mí. ¿Por qué me diste aquello que no había pedido para después permitirme perderlo?

Y aquí creo que la historia toca una realidad de la que a veces hablamos demasiado poco dentro de la iglesia: hay creyentes que han estado decepcionados con Dios.

No porque hayan dejado de creer necesariamente, sino porque hay cosas que no entienden. Han orado y no han visto la respuesta que esperaban. Han confiado y, aun así, han sufrido una pérdida. Han hecho lo que consideraban correcto y las circunstancias no han mejorado. Incluso puede ocurrir que alguien se pregunte por qué Dios permitió que recibiera algo que después le dolería tanto perder.

No deberíamos avergonzarnos de reconocer que esas preguntas existen.

La fe no consiste en fingir que nunca tenemos preguntas. La fe consiste en decidir dónde llevamos esas preguntas.

La sunamita podría haberse marchado del profeta. Podría haber concluido que todo aquello había sido una burla. Podría haber dicho que no quería saber nada más de aquel Dios que le había dado un hijo para después quitárselo. Sin embargo, aunque estaba profundamente angustiada, siguió dirigiéndose hacia Eliseo.

Eso me parece mucho más profundo que una simple demostración de optimismo. La mujer estaba herida, pero seguía buscando a Dios.

Y quizá ahí encontremos una de las formas más sinceras de fe: seguir caminando hacia Dios incluso cuando todavía no entiendes a Dios.

La fe no desperdicia lo que ha aprendido durante la espera

A partir de aquí comienza la intervención de Eliseo. El profeta entra en la habitación, cierra la puerta y ora al Señor. Después se acuesta sobre el niño, vuelve a intentarlo y finalmente el muchacho estornuda siete veces y abre los ojos. Eliseo llama a la sunamita y le dice: «Toma tu hijo».

La historia termina con la vida regresando allí donde todo parecía haber terminado.

Pero sería demasiado fácil reducir todo esto a una fórmula del tipo «ten fe y Dios te devolverá aquello que has perdido». La Biblia no nos permite hacer una promesa universal de ese tipo, porque existen situaciones en las que la respuesta de Dios no adopta la forma que nosotros deseamos. La historia de la sunamita no es una garantía de que todos nuestros problemas tendrán exactamente el final que esperamos.

Lo que sí nos muestra es algo mucho más profundo: la fe de aquella mujer no había sido inútil aunque durante un momento pareciera que todo había fracasado.

Todo lo que había hecho antes seguía teniendo valor. La hospitalidad, la habitación, la honra, la confianza, la espera y la búsqueda de Dios no habían desaparecido simplemente porque hubiera llegado una crisis. Todo aquello formaba parte de una relación que ahora estaba siendo puesta a prueba de una manera que ella jamás había imaginado.

En la prédica utilizaba una imagen que me sigue pareciendo expresiva: muchas veces pensamos que nuestra fe se ha perdido cuando las circunstancias cambian, como si todo lo que hubiéramos invertido en Dios hubiera quedado en nada. Pero la historia de la sunamita nos invita a pensar de otra manera. 

Lo que sembramos en nuestra relación con Dios no queda necesariamente invalidado porque atravesemos una temporada de oscuridad.

Quizá hoy alguien esté mirando hacia atrás y pensando que todo aquello por lo que oró, esperó y luchó no sirvió para nada. Quizá una persona haya perdido un trabajo que consideraba una respuesta de Dios, haya visto terminar una relación que creyó que Dios había puesto en su camino, haya atravesado una enfermedad, una crisis familiar o cualquier otra circunstancia que le haya hecho preguntarse si realmente había valido la pena confiar.

La sunamita nos recuerda que una temporada difícil no puede interpretarse como la prueba definitiva de que Dios se ha olvidado de nosotros.

No conocemos todas las razones por las que Dios permite determinadas circunstancias, y sería irresponsable ofrecer respuestas fáciles a personas que están sufriendo. Pero sí podemos decir algo con seguridad: el silencio de Dios no equivale necesariamente a la ausencia de Dios.

La mujer no entendía lo que estaba sucediendo, pero siguió caminando hacia el lugar donde había aprendido a confiar.

El lugar donde empezó todo también puede ser el lugar al que regresamos en la crisis

Hay algo hermoso en la estructura completa de esta historia. Todo había comenzado con una mujer que abrió su casa para recibir a Eliseo. Después preparó una habitación para él. Allí llegó una promesa. Allí nació una esperanza. Y cuando aquella esperanza parecía haber muerto, fue precisamente a aquella habitación donde la mujer llevó al niño. El mismo lugar que había sido preparado en un tiempo de alegría terminó siendo utilizado en un tiempo de dolor.

Eso también puede ocurrir en nuestra vida espiritual. Hay lugares, experiencias y momentos en los que aprendimos a confiar en Dios y que después adquieren un significado nuevo cuando atravesamos una crisis. La oración que antes hacíamos con tranquilidad puede convertirse ahora en un clamor. Un texto bíblico que un día leímos sin demasiado impacto puede adquirir un significado completamente distinto cuando estamos sufriendo. Una verdad que conocíamos intelectualmente puede convertirse, en medio de una prueba, en aquello a lo que nos aferramos para seguir adelante.

La sunamita volvió al lugar donde había preparado una habitación para Dios. Y quizá nosotros también necesitemos regresar a esos lugares espirituales que hemos abandonado, no para vivir del pasado, sino para recordar quién era Dios cuando todavía no entendíamos todo lo que iba a suceder después.

Porque cuando la vida se vuelve confusa, la tentación consiste en buscar respuestas en cualquier sitio. Queremos saber por qué, queremos encontrar culpables, queremos escuchar opiniones y necesitamos que alguien nos explique inmediatamente lo que está pasando. Sin embargo, hay momentos en los que la respuesta no consiste en comprenderlo todo, sino en saber dónde permanecer mientras todavía no comprendemos.

La sunamita no tenía todas las respuestas cuando salió hacia el Carmelo. Tenía una dirección. Y a veces eso es suficiente para dar el siguiente paso.

Una habitación que terminó siendo mucho más que una habitación

Cuando uno vuelve al principio de la historia después de conocer el final, aquella pequeña habitación adquiere un significado completamente diferente. La mujer la construyó pensando que estaba preparando un lugar para Eliseo, pero terminó siendo también un lugar de encuentro con la fidelidad de Dios en distintas etapas de su vida.

Primero fue un lugar de servicio.

Después fue un lugar de promesa.

Más tarde se convirtió en un lugar de crisis.

Y finalmente fue testigo de la restauración de aquello que parecía perdido.

Por eso creo que el verdadero mensaje de esta historia no consiste simplemente en «construye una habitación y recibirás un milagro». Sería una lectura demasiado pobre de un relato demasiado profundo. La habitación representa, más bien, una vida que ha decidido hacer espacio para Dios antes de conocer el resultado de esa decisión.

La sunamita no sabía qué ocurriría cuando construyó aquella habitación. No sabía que allí llegaría una promesa. Tampoco sabía que algún día tendría que colocar allí a su hijo muerto. Y mucho menos podía imaginar que desde aquella misma habitación volvería a recibirlo con vida.

Ella sencillamente había decidido hacer espacio para Dios. Y quizá eso sea lo que necesitamos recuperar. No una fe basada únicamente en resultados, sino una relación con Dios que permanezca cuando los resultados todavía no han llegado y también cuando las circunstancias parecen contradecir todo aquello que esperábamos.

Hazle un lugar a Dios antes de saber lo que hará

Esa mujer no podía controlar la llegada de Eliseo, no podía fabricar el milagro, no podía producir el nacimiento de su hijo y tampoco podía devolverle la vida cuando murió. Lo único que podía hacer era permanecer cerca de Dios y llevar delante de Él aquello que no podía solucionar por sí misma.

Tal vez esa sea una de las lecciones más importantes que podemos llevarnos de esta historia. Nosotros también pasamos buena parte de nuestra vida intentando controlar aquello que no está bajo nuestro control. Queremos saber cuándo llegará la respuesta, de qué manera llegará, cuánto tardará y qué tendremos que hacer para provocarla. Pero la sunamita nos enseña que hay momentos en los que la fe consiste sencillamente en seguir poniendo nuestra vida en las manos de Dios.

Jesús lo expresó siglos después con palabras que resumen perfectamente esa actitud: 

«Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).

Buscar primero a Dios no significa utilizar a Dios como un medio para conseguir las cosas que deseamos. Significa reconocer que Él es el fin de nuestra búsqueda, incluso cuando todavía no sabemos qué hará con aquello que llevamos delante de Él.

La sunamita buscó a Dios antes de recibir al hijo. Lo siguió buscando cuando el hijo murió. Y finalmente pudo recibirlo de nuevo.

Su historia nos recuerda que nuestra relación con Dios no puede depender únicamente de lo que ocurre alrededor de nosotros. Habrá temporadas en las que veremos con claridad lo que Dios está haciendo y otras en las que no entenderemos absolutamente nada. Habrá momentos de celebración y momentos en los que tendremos que caminar con lágrimas en los ojos. Habrá ocasiones en las que abrazaremos respuestas y otras en las que tendremos que aprender a confiar sin ellas.

Pero en todas ellas sigue siendo posible hacerle un lugar a Dios.

Y, sobre todo, recuerda esto: no abandones la habitación simplemente porque estás atravesando una temporada que no entiendes.

Sigue haciendo espacio para Dios.

Sigue buscándolo cuando no tengas respuestas.

Sigue orando cuando todavía no veas el resultado.

Sigue confiando cuando la situación parezca contradictoria.

Porque quizá la fe más profunda no sea aquella que dice «sé exactamente lo que Dios va a hacer», sino aquella que, aun sin saberlo, puede decir: «No sé cómo terminará esto, pero sé hacia dónde voy».

La sunamita salió de su casa con un hijo muerto y regresó con su hijo vivo. Nosotros no podemos convertir ese desenlace en una promesa automática para cada circunstancia de nuestra vida. Pero sí podemos aprender de ella que, cuando todo parece haberse venido abajo, todavía podemos llevar nuestra crisis al mismo Dios en quien aprendimos a confiar.

Y quizá, después de todo, esa sea la verdadera habitación que necesitamos construir: un espacio interior donde Dios siga teniendo un lugar incluso cuando no entendemos lo que está haciendo.

Porque la fe no consiste únicamente en abrirle la puerta a Dios cuando esperamos una bendición. Consiste también en dejarle la puerta abierta cuando estamos heridos, decepcionados y llenos de preguntas.

La sunamita lo hizo. Y por eso su historia nos sigue hablando hoy.


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Película "LA CABAÑA" (The Shack / 2017), ¿Se puede perdonar lo imperdonable?

Película "LA CABAÑA" (The Shack / 2017), ¿Se puede perdonar lo imperdonable? Hace ya algunos años que vi La cabaña ( The Shack , 2017), la película dirigida por Stuart Hazeldine y basada en la novela de William P. Young. Recuerdo que, en su momento, me dejó pensando. No tanto por sus cualidades cinematográficas —que las tiene— como por las preguntas que plantea . En casa y en familia, la disfrutamos y hasta nos emocionó en varios momentos, nos dejó un buen sabor de boca.  Este pasado mes de junio he vuelto a encontrarme con ella, pero esta vez desde un lugar diferente: como profesor de Religión Evangélica. La he utilizado con mis alumnos de Secundaria a modo de cinefórum, acompañándola con algunas fichas de trabajo para analizar sus temas, plantear preguntas y, sobre todo, intentar extraer aquello que pudiera resultar positivo desde una perspectiva cristiana. Y la experiencia ha sido, en general, muy buena. A los alumnos les sorprendieron algunas de las decisiones crea...

La industria evangélica del miedo. Cuando el miedo vende mejor que el Evangelio.

  La industria evangélica del miedo Cómo algunos púlpitos aprendieron que el miedo vende mejor que el Evangelio Hay una pregunta que me ha acompañado durante años y que nunca he conseguido apartar del todo. ¿Por qué tantos cristianos viven con miedo? No me refiero al temor reverente del que hablan las Escrituras ni a la incertidumbre que cualquier ser humano experimenta frente al dolor, la enfermedad o la muerte. Hablo de otro miedo. Uno más difuso, más persistente y, sobre todo, más cultivado. El miedo a quedarse atrás cuando Cristo regrese. El miedo a no haber interpretado correctamente las profecías . El miedo a que cualquier acontecimiento internacional sea la antesala de la gran tribulación. El miedo a un mundo que parece avanzar inexorablemente hacia el caos y en el que cada titular del informativo podría esconder una nueva señal del fin. Lo inquietante no es que ese miedo exista. Lo verdaderamente preocupante es comprobar hasta qué punto ha llegado a normalizarse dentro...

¿Quién secuestró el Evangelio? Cuando Cristo desaparece detrás de una bandera

¿Quién secuestró el Evangelio? Hay una imagen que se repite con una frecuencia casi litúrgica en una parte del mundo evangélico contemporáneo. El creyente llega a la iglesia esperando escuchar hablar de Jesucristo, del Reino de Dios, del perdón, de la cruz o de la esperanza cristiana. Sin embargo, una hora después sale con la sensación de haber asistido a un análisis geopolítico sobre Oriente Medio. Se ha hablado de Irán, de Rusia, del último movimiento diplomático de Estados Unidos, de la reconstrucción del tercer templo, del Anticristo, de Gog y Magog, de la ONU o del supuesto reloj profético que avanza inexorablemente hacia el fin del mundo. Cristo ha aparecido, sí, pero casi siempre como un personaje secundario dentro de una narración cuyo verdadero protagonista parece ser otro . La pregunta, por incómoda que resulte, merece ser formulada sin rodeos: ¿en qué momento el Evangelio dejó de girar alrededor de Cristo para empezar a girar alrededor de un mapa? No es una exageración retór...

ERE - Bloque 4: HISTORIA DEL CRISTIANISMO

  ERE - Bloque 4 Secundaria HISTORIA DEL CRISTIANISMO DE PENTECOSTÉS A LA REFORMA PROTESTANTE 1. 🕊️​🔥​PENTECOSTÉS: PODER QUE TRANSFORMA. 📝 EL PODER QUE TRANSFORMA (UNIDAD DIDÁCTICA en PDF)    💻 EL PODER QUE TRANSFORMA (presentación)     2. Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. ¿Te sucedió alguna vez? Estar tan cómod@ que te quedas dormid@... Y se hace tarde para ir a clase, o te pierdes una excursión, o un partido? O tal vez eliges quedarte, y dejar los planes que tenías para otro día, para más adelante, para… un futuro indefinido. Jesús ordenó a sus discípulos: Recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra. (Hechos 1:8) ¿Qué hubieras hecho tú en el lugar de los discípulos de Jesús, al escuchar este mandato? ___________________________________________________________________________ ¿Qué crees que hicieron ellos? ___________...