¿Por qué tantos jóvenes abandonan la Iglesia?
Cuando la fe deja de responder a las preguntas y empieza a exigir obediencia
Hay una escena que se está repitiendo en muchas comunidades cristianas y que quizá deberíamos observar con bastante más atención: jóvenes que crecieron dentro de la iglesia, que aprendieron sus canciones, memorizaron sus versículos, asistieron a campamentos, escucharon cientos de sermones y, en muchos casos, fueron educados desde niños en la fe cristiana, empiezan a marcharse.
No siempre hacen ruido. No organizan una rebelión, no escriben manifiestos, no salen dando un portazo y, desde luego, no todos abandonan la fe. Muchos simplemente dejan de asistir. Primero faltan alguna semana. Después alguna más. Dejan de participar. Dejan de escuchar determinados sermones. Empiezan a formular preguntas que antes no se atrevían a formular y, finalmente, descubren que pueden vivir sin aquella estructura religiosa que durante años parecía imprescindible.
Desde dentro, ese proceso suele interpretarse de una manera bastante cómoda: "los jóvenes se han enfriado espiritualmente. El mundo los ha contaminado. Las redes sociales los han confundido. Ya no quieren comprometerse. La sociedad actual está perdida."
Puede que en algunos casos sea así.
Pero existe otra posibilidad mucho más incómoda: quizá algunos no estén abandonando a Cristo; quizá estén abandonando una determinada manera de presentar a Cristo.
Y esa diferencia lo cambia absolutamente todo. Porque una cosa es perder la fe y otra muy distinta perder la confianza en una institución, en un liderazgo o en una determinada interpretación religiosa. Confundir ambas cosas puede llevar a cometer un error enorme: intentar recuperar a una generación mediante más de aquello mismo que provocó su alejamiento.
Más normas. Más miedo. Más discursos de autoridad. Más etiquetas. Más advertencias sobre el mundo exterior. Más explicaciones acerca de por qué ellos están equivocados.
Quizá antes de preguntar por qué los jóvenes se van deberíamos atrevernos a preguntar qué están encontrando cuando se quedan.
Cuando preguntar se convierte en sospecha
Durante mucho tiempo, determinadas comunidades evangélicas funcionaron sobre un modelo de autoridad prácticamente vertical. El pastor enseñaba; la congregación escuchaba. El líder interpretaba; el creyente recibía. La duda podía existir, naturalmente, pero había preguntas que no convenía formular demasiado alto. No necesariamente porque alguien lo hubiera decretado de manera explícita. Era algo mucho más sutil. Se aprendía. Se heredaba.
El pastor tenía autoridad porque era el pastor. La interpretación era correcta porque era la interpretación de la iglesia. La doctrina era verdadera porque siempre se había enseñado así. Y cuestionar determinados asuntos podía confundirse fácilmente con cuestionar a Dios mismo.
Ese modelo pudo funcionar durante décadas en una sociedad donde la información circulaba lentamente y donde la autoridad religiosa ocupaba un lugar mucho más central en la vida de las personas. Pero el mundo ha cambiado radicalmente.
Hoy un joven puede escuchar un sermón el domingo por la mañana y, diez minutos después, encontrar en internet cinco interpretaciones diferentes del mismo pasaje bíblico. Puede consultar comentarios de distintas tradiciones cristianas, acceder a manuscritos, escuchar a historiadores, comparar traducciones y descubrir que aquello que durante años le presentaron como la interpretación bíblica quizá era solamente una interpretación entre varias.
Y entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Qué ocurre cuando alguien descubre que su pastor no tiene el monopolio de la verdad?
La respuesta debería ser sencilla: nada malo.
Una fe madura debería poder sobrevivir perfectamente a esa revelación. El problema aparece cuando la autoridad se ha construido sobre la premisa contraria. Cuando el sistema necesita que el creyente crea que preguntar equivale a rebelarse, contrastar equivale a desconfiar y cuestionar equivale a apartarse de Dios. Entonces internet no se convierte simplemente en una herramienta de información. Se convierte en una amenaza.
Porque un creyente que puede comparar, investigar y contrastar es mucho más difícil de controlar que uno que únicamente recibe información desde una única fuente. El propio Jacques Ellul analizó cómo determinados sistemas de pensamiento pueden crear un entorno en el que la persona termina asimilando un discurso no tanto porque haya examinado racionalmente cada afirmación, sino porque ese discurso se convierte en el marco desde el que interpreta toda la realidad.¹
Y ahí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Las iglesias tienen más acceso a la Biblia que nunca, pero también los creyentes tienen más acceso a otras interpretaciones de la Biblia que nunca.
Ya no basta con decir: «Esto siempre se ha enseñado así». Un joven puede responder: «De acuerdo. Pero ¿dónde dice eso el texto?» Y esa pregunta, aparentemente inocente, puede resultar demoledora.
Una generación que ya no acepta el "porque lo digo yo"
Hay algo que las generaciones anteriores quizá no han terminado de comprender: los jóvenes actuales han crecido en un ecosistema cultural donde prácticamente todo se puede comprobar.
Compran algo y leen veinte opiniones antes de hacerlo. Comparan precios. Buscan reseñas. Contraponen versiones. Investigan quién está detrás de una empresa, de una organización o de una noticia. Han aprendido, para bien o para mal, a desconfiar de la autoridad que no explica sus razones. Y después entran en una iglesia donde alguien les dice:
«No cuestiones esto.»
La contradicción es evidente. No significa que sean más inteligentes que las generaciones anteriores. Tampoco significa que todo lo que encuentran en internet sea cierto. De hecho, también están expuestos a una cantidad gigantesca de desinformación. Pero han desarrollado una relación diferente con la autoridad.
La autoridad ya no se da por supuesta. Tiene que demostrar que merece ser escuchada. Y eso afecta inevitablemente al liderazgo religioso.
El problema es que algunos dirigentes todavía parecen pensar que cuestionar su enseñanza constituye una falta de respeto. Cuando un joven pregunta por qué una determinada interpretación escatológica debe considerarse incuestionable, la respuesta no debería ser «porque así lo enseñamos aquí». Cuando pregunta por qué una determinada posición política debe formar parte de su identidad cristiana, no debería recibir una etiqueta. Cuando cuestiona una afirmación histórica o teológica, debería encontrar argumentos.
Porque si una convicción es verdadera, no debería necesitar miedo para protegerse. Y si una doctrina necesita que nadie haga preguntas para mantenerse en pie, quizá el problema no esté en las preguntas. Quizá esté en la doctrina.
Este cambio cultural también explica por qué determinados modelos de liderazgo están perdiendo credibilidad. Durante años pudo funcionar aquello de «yo soy el pastor, por tanto debes confiar en mí». Hoy esa frase resulta insuficiente para una generación acostumbrada a contrastar prácticamente todo.
La autoridad espiritual no desaparece. Se transforma. Ya no basta con citar la Biblia. Hay que explicar cómo se llega a una determinada conclusión. Y, sobre todo, hay algo que los jóvenes parecen detectar con una rapidez extraordinaria: la incoherencia.
Un líder que predica humildad pero jamás reconoce un error. Un predicador que habla de amor mientras demoniza continuamente a quienes piensan diferente. Una iglesia que proclama que Cristo está por encima de la política pero convierte determinadas banderas y conflictos internacionales en asuntos prácticamente sagrados. Un discurso que exige pensamiento crítico frente al mundo mientras prohíbe ejercerlo dentro de la propia comunidad. Todo eso genera una disonancia que tarde o temprano termina pasando factura.
Y cuando la disonancia se vuelve insoportable, algunos jóvenes no abandonan necesariamente a Jesús. Abandonan el escenario en el que les habían dicho que Jesús debía ser encontrado.
Cuando el problema no son los jóvenes
Quizá ha llegado el momento de invertir la pregunta. En lugar de preguntarnos constantemente «¿qué les pasa a los jóvenes?», deberíamos atrevernos a preguntar: «¿qué les estamos ofreciendo?»
Porque resulta demasiado sencillo responsabilizar a una generación que se marcha sin examinar primero aquello de lo que se está marchando.
Si una iglesia construye su identidad alrededor del miedo, si convierte cada guerra en una señal profética, si presenta al mundo exterior como una amenaza permanente, si enseña que determinadas cuestiones políticas forman parte prácticamente de la fidelidad cristiana y si, además, castiga la duda como si fuera rebeldía espiritual, quizá no debería sorprendernos que algunos jóvenes terminen tomando distancia.
El problema no es que hayan descubierto el mundo. El problema puede ser que han descubierto la diferencia entre el Evangelio y algunas cosas que durante años se les presentaron como Evangelio.
El capítulo uno de mi libro Volver a Cristo, describe precisamente ese fenómeno: una generación que empieza a distinguir entre fe y propaganda y que, en lugar de entrar en una confrontación permanente con quienes la precedieron, simplemente comienza a alejarse. Es un alejamiento silencioso, casi imperceptible, pero provocado por una disonancia cada vez mayor entre lo que entiende como corazón del cristianismo y aquello que escucha desde determinados púlpitos.
Y aquí aparece uno de los problemas más serios: la autoridad religiosa no puede mantenerse indefinidamente a base de exigir obediencia.
La autoridad cristiana debería surgir de la coherencia. De una vida que haga creíble aquello que se predica. El propio Jesús no dijo que reconoceríamos a sus discípulos por la contundencia de sus argumentos, sino por sus frutos. En el Reino de Dios, la autoridad no debería imponerse desde arriba como una orden administrativa; debería reconocerse porque detrás de ella existe una vida que merece confianza.
Eso supone algo que a determinados liderazgos les cuesta muchísimo: admitir que pueden equivocarse. Las nuevas generaciones no necesitan pastores perfectos. Necesitan pastores honestos. No necesitan dirigentes que tengan respuesta para absolutamente todo, sino personas capaces de decir: «No lo sé», «puede que me haya equivocado» o incluso «he enseñado esto durante años y ahora, después de estudiarlo mejor, tengo que revisarlo».
Decir «me equivoqué» no destruye la autoridad. En muchos casos, la recupera (como afirmo en mi libro).
Porque el problema no es equivocarse. El problema es convertir el error en una fortaleza y defenderlo durante años porque reconocerlo supondría admitir que quizá todo el edificio necesitaba una revisión.
La madurez espiritual no consiste en no cometer errores, sino en estar dispuesto a reconocerlos y rectificar.
Y aquí llegamos al punto más delicado. Cuando una determinada estructura religiosa mezcla miedo, escatología, geopolítica e identidad espiritual, cuestionar una pieza puede parecer una amenaza contra todo el sistema. Ya no se está discutiendo simplemente si una interpretación de Mateo 24 es correcta o si Ezequiel 37 habla de una restauración política moderna. Se está tocando una cosmovisión completa.
Por eso determinadas preguntas provocan reacciones tan desproporcionadas. No porque sean necesariamente preguntas malintencionadas, sino porque pueden obligar a revisar demasiadas cosas al mismo tiempo.
Durante años, una persona puede haber aprendido que Israel es una especie de reloj profético, que cada guerra acerca el final, que el Anticristo está a punto de aparecer y que cuestionar determinadas interpretaciones equivale prácticamente a cuestionar la Biblia. Pero cuando empieza a estudiar historia, hermenéutica y otras tradiciones cristianas descubre algo que puede resultar desconcertante: muchas de esas ideas no son tan antiguas, tan universales ni tan indiscutibles como le habían hecho creer.
El propio capítulo primero de Volver a Cristo sitúa precisamente ahí una de sus críticas principales: el dispensacionalismo terminó proporcionando un marco en el que los acontecimientos relacionados con Israel dejaron de contemplarse únicamente como política internacional y comenzaron a interpretarse como piezas indispensables de un calendario profético.
Y entonces ocurre algo que puede ser devastador para una persona joven. Descubre que puede amar a Cristo sin aceptar necesariamente todo el paquete ideológico que alguien le entregó junto con Cristo.
Puede seguir creyendo en Dios y cuestionar una determinada interpretación escatológica. Puede amar las Escrituras y rechazar una lectura concreta de ellas. Puede respetar a Israel y, al mismo tiempo, cuestionar la utilización política de determinadas profecías. Puede creer en la segunda venida de Cristo sin vivir pendiente de cada titular internacional. Puede, incluso, seguir a Jesús y marcharse de una iglesia. Y esta última posibilidad debería hacernos temblar.
Porque quizá algunos jóvenes no estén abandonando la fe. Quizá estén intentando salvar la fe que todavía conservan de todo aquello que nosotros mezclamos con ella. La respuesta, por tanto, no puede consistir simplemente en exigirles que regresen. Mucho menos en acusarlos de tibieza, rebeldía o mundanalidad.
Tal vez tengamos que empezar por escuchar. Preguntarles qué les hizo marcharse. Qué les dolió. Qué contradicciones encontraron. Qué preguntas quedaron sin respuesta. Qué diferencia percibieron entre Jesús y determinadas formas de representarlo. Y, sobre todo, si cuando pensaban en la Iglesia pensaban en Cristo... o en un sistema de miedo, autoridad y trincheras ideológicas.
Porque una Iglesia que no permite preguntas termina fabricando creyentes incapaces de pensar. Pero una Iglesia que permite preguntas puede terminar fabricando algo mucho más peligroso para cualquier sistema cerrado: discípulos que empiezan a buscar la verdad por sí mismos. Y quizá eso no sea el comienzo de la apostasía. Quizá sea el comienzo de una fe adulta.
Volver a Cristo
Tal vez por eso el título de este libro no podía ser otro. Volver a Cristo. No volver simplemente a una denominación. No volver a una determinada tradición. No volver a las viejas guerras doctrinales ni sustituir un sistema por otro. Volver a Cristo.
Porque después de desmontar interpretaciones, revisar doctrinas, estudiar la historia y cuestionar aquello que durante años parecía intocable, queda una pregunta mucho más importante que todas las demás:
¿Dónde está Jesús en todo esto?
El primer capítulo plantea precisamente ese hilo conductor: cuando el miedo, la geopolítica, la escatología o determinados símbolos empiezan a ocupar el centro, Cristo puede terminar desplazado casi sin que nadie lo advierta. Y cuando eso sucede, ya no estamos ante un simple problema de interpretación; estamos ante una cuestión que afecta al corazón mismo del Evangelio.
Quizá esa sea la razón más profunda por la que algunos jóvenes se marchan. No porque hayan dejado de buscar a Dios. Sino porque están buscando un cristianismo en el que puedan encontrar a Cristo sin tener que atravesar primero todas las capas de miedo, propaganda, ideología y tradición que nosotros hemos colocado alrededor de Él.
Y esa búsqueda debería preocuparnos. Pero también debería darnos esperanza. Porque si una generación está haciendo preguntas, todavía hay conversación. Si está cuestionando, todavía está buscando. Y si está buscando a Cristo, quizá la Iglesia todavía tenga algo que ofrecerle.
Pero para ello tendrá que hacer algo que quizá sea mucho más difícil que predicar un nuevo sermón: tendrá que volver a poner a Cristo en el centro.
Ese es precisamente el viaje que propongo en el libro. Un viaje incómodo, porque obliga a revisar ideas que muchos hemos recibido como verdades incuestionables. Un viaje por la historia, la escatología, Israel, el dispensacionalismo y algunas de las interpretaciones que han terminado condicionando nuestra manera de leer la Biblia. Pero, sobre todo, un intento de regresar a la pregunta que debería estar por encima de todas las demás:
¿Qué ocurre cuando dejamos de construir nuestra fe alrededor de nuestros sistemas y volvemos a construirla alrededor de Jesucristo?
Quizá entonces descubramos que el problema nunca fueron los jóvenes. Quizá el problema fue que les enseñamos tantas cosas sobre el cristianismo que, en algún momento, Cristo quedó escondido detrás de ellas. Y quizá ha llegado la hora de quitar todo aquello que sobra. Y volver a Cristo.
Notas
¹. Justo L. González, Historia del pensamiento cristiano, vol. 1 (Barcelona: CLIE, 2002).
². Peter L. Berger, El dosel sagrado: Elementos para una sociología de la religión (Barcelona: Herder, 2006).
³. Craig A. Blaising y Darrell L. Bock, Dispensacionalismo progresivo (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 1993).
⁴. George Eldon Ladd, Teología del Nuevo Testamento (Viladecavalls: CLIE, 2002).
⁵. N. T. Wright, Pablo: Una biografía (Madrid: San Pablo, 2019).

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